22 abr. 2024

Pablo Neruda: Cuarenta años sin el Poeta de América

El 23 de setiembre de 1973 fallecía en Santiago de Chile uno de los poetas más universales que dio América Latina. Una evocación paraguaya de su poesía y de su vida.

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Gentileza

* Una evocación

Temuco es el escenario de la infancia de quien en 1904 nació con el nombre de Neftalí Ricardo Reyes Basoalto. Huérfano a los un mes, recordó a su madre varias veces en su poesía: “Madre, he llegado tarde para besarte/ para que con tus manos me bendigas”, escribió, todavía niño.

Tomó el nombre que lo haría famoso, en 1917, del escritor checo Jan Neruda. Con solo veinte años, conoció la celebridad temprana mediante el libro Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Luego se haría diplomático en países del Asia, y en los años 30 publicaría el libro que muchos consideran uno de los más influyentes que se hayan escrito en lengua española: Residencia en la tierra. Otro libro que sería leído a lo largo de toda América por lectores voraces es su homenaje al continente (en donde también figura Paraguay), llamado Canto general.

La vida política tampoco le sería ajena. Afiliado al Partido Comunista, fue parlamentario, y también perseguido por sus ideas. Parte importante de su poesía era de raigambre fuertemente política.

* El poeta en el recuerdo

El poeta Elvio Romero es el único paraguayo mencionado por Neruda en sus memorias. Aquí, es Romero quien recuerda al chileno

Por Elvio Romero

Poeta

En 1954, asistí al cumpleaños del poeta, que cerraba medio siglo de vida. En su casa de la avenida Lynch estaban, estábamos, todos sus amigos del mundo: Ehrenburg, Jorge Amado, Miguel Ángel Asturias, González Tuñón y cuántos y cuántos más que fueron a ofrendarle el clavel de la fraternidad y la admiración. En el Teatro Caupolicán le entregué un mantel de ñandutí, tejido por manos campesinas del Paraguay. Isla Negra también se abrió en esa ocasión para nosotros. Y no dejó de ser inolvidable una cena en Valparaíso, donde Neruda hizo servir los mariscos más deliciosos del mundo, regados con buen vino chileno.

Ese mismo año estaríamos juntos en el Brasil, en un encuentro de escritores. Era un año fértil en la vida del poeta. Habíase publicado, de modo anónimo, Los versos del Capitán, esa canción del amor maduro y pleno, y doloroso también. Enterado estaba yo de que era obra suya. Pero, como se sabe, la amistad obliga siempre a la circunspección y a la prudencia. Neruda intuía que yo conocía ese secreto. Guardo aún el ejemplar, firmado por él, en que me hacía cómplice de su más honda intimidad. En otra ocasión contaré esas confidencias. Algo nuevo sucedió en su vida; el amor renacido la iluminó. Nada quedaba ya del poeta atormentado de ayer.

Me tocó después tenerlo en mi casa, hacer largos viajes juntos, festejando otra vez sus fiestas íntimas, viajar hasta Isla Negra, con José Asunción Flores, y allí compartimos con él la intensidad y la alegría de sus horas creadoras, de su jovialidad increíble, de su lúcida y asombrosa inteligencia.

Neruda era hombre de generosidad incomparable. Es curioso pensar cómo hay objetos que se nos tornan inolvidables, que contienen el recuerdo de alguien que amamos o admiramos. En 1967, asistimos al Segundo Congreso de Escritores Soviéticos. Regresamos juntos a París. En esos días apareció, en una edición limitada de 66 ejemplares, su Altura de Machu Picchu, como un libro objeto, ilustrado por el austriaco Hundertwasser. Íbamos por las tardes a la exposición del libro. Y luego nos lanzábamos a recorrer los anticuarios, que eran su pasión. Largamente permanecía Neruda en esas tiendas, contemplando amorosamente cada objeto. Pues bien, en una de esas caminatas, me llevó a conocer la casa donde vivieron en París con Alberti al final de la guerra española. Allí mismo, recordando al amigo entrañable, decidimos visitarlo en Roma. Ya de regreso al hotel (Neruda andaba siempre con lentitud), entró sin avisarme a una de esas pequeñas “boutiques” que dan encanto a París. Salió agitando en la mano una bellísima corbata azul, a rayas, que él mismo se encargó de anudar a mi camisa. Sonreía como un niño que descubriera un juego. Mi talante cambió, ciertamente, y con aquella corbata radiante emprendí, con él, el vuelo a Italia, en cuyo aeropuerto nos esperaba el gran poeta. ¡Dichosos días aquellos! ¿De qué no hablamos entonces? De todo y de nada. Solo sé que la poesía fluía de todos nuestros actos, la gracia, el encantamiento, la preocupación por los asuntos del mundo, la inquietud por los amigos lejanos, qué sé yo, todo lo que constituye la confidencialidad inexplicable del lazo fraternal.

(*) Extracto del libro

El poeta y sus encrucijadas

* Neruda por siempre

Por Gladys Carmagnola

Poeta

gladyscarmagnola3@yahoo.com

Suelo pensar en la afirmación de que ya todo se ha dicho en ciertos aspectos en tiempo de los griegos, legatarios de tanto, y de tanto valor. Aun cuando la sabiduría de quien me la inculcó goza de todo mi respeto, sé que no es así; no permanentemente. Y menos en Poesía.

¿Por qué afirmar eso justo ahora, en estas líneas en las que mi recuerdo agradecido se remonta, o retrocede, a los días en los que la Poesía echó la puerta abajo y se aposentó en mi casa, en mi única auténtica posesión, es decir, en mí misma y para siempre?

Quizá por su asidua servidumbre, por el servicio desinteresado y permanente que nos presta no solo a quienes a ella recurrimos, sino a todos aquellos con quienes compartimos su dación. Como herederos que somos los unos de los otros, me asiste la certeza de la intasable deuda contraída con este insobornable poeta que ha abierto surcos profundos en la comunicación humana y nos ha enseñado a ensancharlos mediante los poemas.

Aunque en los inicios de mis garabateos sin pretensión poética Pablo Neruda me estaba aún vedado por cuestiones geográficas y cronológicas, pronto se me impuso, torrencial, arrebatadora, su palabra. En sus versos “Madre intranquilidad, bebí en tus senos electrizada leche” hallé una fórmula eficacísima que me acompaña desde que los leí, y me han ayudado a sortear innumerables intranquilidades solo superables mediante al menos un intento poético. Algunos amigos lo expresan de otro modo: O escribo, o reviento.

Ante la aparición de Los versos del capitán como de autor anónimo en tiempos en que Gustavo Adolfo me transmitía en sus románticas Rimas el amor tal como lo sentía y lo siento aun hoy, se me contagió el sentimiento de Rosario de la Cerda, depositaria infiel de los poemas anónimos, y solo pude perdonar a Neruda su ardid al comprender sus valederos motivos. Pero era él —lo sabía oscuramente— quien hablaba en esos poemas. En un hermoso texto poético en prosa manifestó su amor al Paraguay: “Vámonos al Paraguay”, dice, y continúa: “Yo no conozco el Paraguay. Así como hay hombres que se estremecen de delicia al pensar que no han leído cierto libro de Dumas o de Kafka o de Balzac o de Laforgue, porque saben que un día lo tendrán en sus manos, abrirán una a una sus páginas y de ellas saldrá la frescura o la fatiga, la tristeza o la dulzura que buscaban...”.

Quienes han tenido la dicha de conocerlo en persona nos han transmitido bastante de él. Quizá hubiera querido verlo, sentado ante su ventana frente al mar, con sus enormes mascarones de proa aquí y allá, sobreviviendo diariamente de algún naufragio y dejándonos en palabras la vida rescatada de cada uno: fatigas y frescuras, sudores y belleza. Su voz inigualable me inunda cada tanto diciéndome: “Permiso. ¿Puedo pasar? Me llamo Pablo Neruda. Soy poeta”. Él sigue aquí. No solo entonces lo veo: al levantar la vista, hacia la izquierda, encima de un esquinero, lo contemplo en un hermoso retrato, obsequio de mi amigo Mario Casartelli, que preside mi sitio de trabajo.

* Vámonos al Paraguay

Por Pablo Neruda

Yo no conozco el Paraguay. Así como hay hombres que se estremecen de delicia al pensar que no han leído cierto libro de Dumas o de Kafka o de Balzac o de Laforgue, porque saben que algún día lo tendrán en sus manos, abrirán una a una sus páginas y de ellas saldrá la frescura o la fatiga, la tristeza o la dulzura que buscaban, así yo pienso con delicia en que no conozco el Paraguay, y que la vida me reserva el Paraguay, un recinto profundo, una cúpula incomparable, una nueva sumersión en lo humano.

Cuando el Paraguay sea libre, cuando nuestra América sea libre, cuando sus pueblos se hablen y se den la mano a través de los muros de aire que ahora nos encierran, entonces, vámonos al Paraguay. Quiero ver allí dónde sufrieron y vencieron los míos y los otros. Allí la tierra tiene costurones resecos, las zarzas salvajes en la espesura guardan jirones de soldado. Allí las prisiones han trepidado con el martirio. Hay allí una escuela de heroísmo y una tierra regada con sangre áspera. Yo quiero tocar esos muros en los que tal vez mi hermano escribió mi nombre y quiero leer allí por primera vez, con primeros ojos, mi nombre, y aprenderlo de nuevo, porque aquellos que me llamaron entonces, me llamaron en vano y no pude acudir.

Soy rico de patria, de tierra, de gentes que amo y que me aman. No soy un patriota desdichado, ni conozco el exilio. Mi bandera me envía besos de estrella cada día. No soy desterrado porque soy tierra, parte de mi propia tierra, indivisible, espacioso.

Cuando cierro los ojos, para que por dentro de mí pase como un río la circulación del sueño, pasan bosques y trenes, desiertos, camaradas, aldeas. Pasa América. Pasa dentro de mí como si yo pasara un túnel o como si este río de mundos y de cosas adelgazara su caudal y de pronto todas sus aguas entraran en mi corazón.

(*) Fragmento de un texto publicado originalmente en 1950, reproducido luego en su libro póstumo Para nacer he nacido (1977), en edición de su viuda Matilde Urrutia y del escritor venezolano Miguel Otero Sil

* Paraguayos en el funeral

Por Blas Brítez

Periodista

Se puede ver un video en YouTube, con audio francés y subtítulos, del funeral de Pablo Neruda. En el minuto 1, la cámara se acerca a la multitud en marcha, y se ve a un hombre alto, con anteojos, que con el puño levantado canta a voz en cuello, con todos los demás: “Agrupémonos todos/ en la lucha final./ Y se alzan los pueblos, con valor por la Internacional”. Controlando ese acompañamiento funerario que se había convertido en una manifestación política, acaso la primera luego del advenimiento intempestivo de Pinochet y la Junta Militar, estaban los carabineros con sus armas, tensando el ambiente. Nunca antes, y nunca después probablemente, la muerte de un poeta congregó en las calles a tanta gente en un momento tan álgido de la historia de un pueblo, como lo hizo la de Neruda, luego del golpe fascista de setiembre de 1973, en Chile. En ese preciso momento y lugar, estuvieron Luis Casabianca, el hombre de anteojos y puño erguido del video, dirigente histórico del Partido Comunista Paraguayo en el exilio, y Carmen Soler, su compañera de entonces, comunista también y poeta de potente acento político.

Casabianca está al otro lado del teléfono, y se aparta un rato del corro de huelguistas y crucificados choferes de la Línea 30, a quienes acompaña con ímpetu juvenil en su lucha, para contarme: “Nosotros estábamos relacionados con Neruda a través de María Maluenda, actriz y luchadora social chilena, quien formaba parte en Chile de un grupo de solidaridad por la libertad de los presos políticos en Paraguay. Maluenda era diputada y muy amiga de Neruda. Íbamos a su casa ubicada en el cerro San Cristóbal, de Santiago, a la que llamaba La Chascona. Neruda pasaba de vez en cuando un rato por ahí, y le veíamos con Carmen”.

En aquellos años, como bien cuenta Casabianca en su libro de memorias Clandestino y bajo agua. Crónicas del pueblo insurrecto, él trabajaba en la editorial estatal que Salvador Allende había impulsado, Quimantú. “Supimos de la realización del funeral y quisimos, Carmen y yo, ir a acompañar el féretro, junto con otros compañeros paraguayos: Vicente Barrios y Nélida Vallejos, quienes viven hasta hoy en Lambaré; además de Carmen y yo, fue mucha gente de Quimantú”.

—¿Y cómo se sentía la gente en medio del dolor del golpe y de la muerte de Neruda?

—La gente estaba con mucho dolor y con mucha indignación. Pero era ya un clima de resistencia y de esperanza, de que podía recuperarse lo conquistado y derrocar a la Junta. La gente aprovechó esa oportunidad para manifestarse.

—¿Se temía una represión?

—Estaban los carabineros apuntando con metralletas, con camiones blindados, pero no llegaron a tomar ninguna medida represiva. No reprimieron, creo, porque estaban algunos embajadores, creo que los de Italia y Suecia. La marcha la encabezaron los intelectuales, todos los políticos de la época, menos los fascistas.

—¿No hubo otros paraguayos además de las personas

que mencionó?

—No vi a otros paraguayos. [El sociólogo] Tomás Palau estaba en Santiago, pero no fue. Lo visité luego, y le llevamos la noticia de la manifestación popular, lo cual lo animó mucho, pues él estaba muy afectado por los acontecimientos. La gente quedó muy desmoralizada, muy apesadumbrada, a todos nos cayó muy mal el golpe, y la muerte de Neruda luego.

Casabianca y Carmen Soler, exactamente un mes después de la muerte del poeta, se asilaron en la Misión Comercial Cubana, a cargo de la diplomacia sueca, pues la embajada de la isla había sido asaltada. “Queríamos ir a Argentina, a Francia o a Italia, pero no pudimos. A mí me asiló [el escritor] Carlos Villagra Marsal, quien trabajaba por entonces en la CEPAL. Subimos a su camioneta, y él nos metió a la Misión, sin ningún equipaje.

Aquel 23 de setiembre de 1973, Carmen Soler escribió, peculiarmente directa y rabiosa: “Esta noche tan negra/ no es toda oscura./ Dos estrellas alumbran/ desde la altura”.

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