Opinión

Miradas torcidas del confinamiento

Alfredo Boccia Paz - galiboc@tigo.com.py

No todos vivimos el confinamiento con la misma preocupación. A algunos les vino bien y están ganando dinero. No me refiero a los miserables corruptos de siempre, sino a quienes se dedican a negocios lícitos que fueron favorecidos por la situación. Son, por ejemplo, los fabricantes de desinfectantes, mascarillas y productos farmacéuticos. Así como las empresas de delivery, e-commerce y aplicaciones de comunicación tipo Zoom. Este grupo de gente solo debe sobrevivir al virus y emergerá mucho más próspera al final de la pandemia.

Pero hay otros que no se sienten afectados por la cuarentena. No actúan como ciudadanos comunes, se creen seres superiores. El poder los convirtió en patéticos prepotentes convencidos que las medidas sanitarias son solo para los otros. El intendente de Pedro Juan Caballero, José Carlos Acevedo, es un buen ejemplo. Atropelló a los gritos una barrera militar y cruzó al lado brasileño, violando el cierre de fronteras y luego volvió sin sentirse obligado a cumplir el aislamiento exigido al resto de compatriotas que regresan del exterior.

Ese anormal comportamiento de sentirse excepcional, de no ser alcanzado por las normas generales, también puede provenir de la frivolidad. Hay autoridades que no comprenden la importancia de los potentes mensajes subliminales que emite su comportamiento público. Cuando Hugo Javier González anima una fiesta de cumpleaños en la sede de la Gobernación de Central le está diciendo a la ciudadanía simple del Departamento más golpeado por el desempleo que el peligro de contagio es bola. Es decir, contradice todo el discurso público del Ministerio de Salud sin, ni siquiera, ser consciente de su irresponsabilidad.

También están esos pequeños egoístas que creen poseer fueros especiales por ser políticos. Hubo cuatro seccionaleros de Ciudad del Este a quienes les resbaló la cuarentena sanitaria y decidieron viajar a Asunción para pedirle al presidente de su partido la expulsión de unos concejales colorados que votaron a favor de la aprobación presupuestaria del intendente Miguel Prieto.

El confinamiento, en algunos casos, puede ser visto como una amenazante pérdida de poder. Durante el Tedeum, el arzobispo de Asunción, Edmundo Valenzuela, puso énfasis en la extraña idea de que el coronavirus nos condujo al totalitarismo, “donde el Estado emerge como el poseedor de la verdad y de la vida, de la seguridad y de la salud. Mientras tanto, el virus nos desestabilizó social, económica, culturalmente y hasta amenaza con silenciar la vida religiosa”. Que las iglesias estén cerradas desespera al prelado. Si los fieles se comunican con Dios desde sus casas, la influencia de los intermediarios se diluye. Y tampoco hay diezmos. Debería seguir el ejemplo del Papa. El Vaticano, sin turistas hace tres meses, soporta una reducción de recaudación cercana al 80%, pero la Basílica de San Pedro sigue cerrada. La salud de la población tiene prioridad.

Por último, están los que, prendidos a la incertidumbre reinante, encuentran terreno fértil para expandir su personalidad conspiranoica. Son los llamados “Covidiotas”, esa legión de plomos siempre dispuestos a explicarnos las más absurdas teorías. El coronavirus proviene de un maligno plan chino, de un misterioso nuevo orden mundial, de George Soros, del negocio farmacéutico o de las torres 5G. Tienen derecho a creer lo que quieran y, en realidad, no me importarían en absoluto si no fuera porque pueden hacer daño a personas influenciables, tal como los fanáticos antivacunas en otro contexto.

La gente corriente, a pesar de estar expuesta a una sobredosis de información no siempre tiene la capacidad de digerirla. Son fácilmente convencidos por estos tarados que, desde la soberbia de su ignorancia, despliegan sus teorías negacionistas poniendo en riego a miles de personas.

Ya lo ve: No todos ven esta obligatoria cuarentena como un sacrificado esfuerzo colectivo para protegernos solidariamente de una peligrosa infección. Hay quienes tienen otras miradas. Así que ya sabe. Tenemos que cuidarnos del virus, pero también de los torcidos.

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