29 jun. 2026

Losinmortales

Por Mario Rubén Álvarez - alva@uhora.com.py

Alguna vez habrá escuchado hablar de Gilgamesh, el inmortal. Era un rey de la antigua Mesopotamia que ansiaba vivir para siempre. Un día, en la ficción de la historieta creada por el correntino Lucho Olivera y guionada en un momento dado por el caazapeño Robin Wood, alcanzó su sueño.

Desde entonces aquel rey sumerio vivió sin el asedio de la muerte aunque sí de la vida, paradójicamente. Ninguna flecha enemiga ni ningún veneno agazapado en la burbuja cautivante de una bebida le hacían pasar por lo que es un trance ineludible para todo humano.

En nuestro país, sin la espectacularidad del personaje de leyenda primero y de ficción literaria después, hay muchos Gilgamesh. Son aquellos que se creen inmortales y cruzan campantes los vientos. Consideran que los demás son los que están amenazados con ese destino inexorable cuyo capítulo final es un cajón de madera y el inicio del olvido perpetuo.

Allí están los Gilgamesh que viven rodeados de latas, ruedas y botellas llenas de agua diáfana. Sus patios son unos matorrales de dos metros de altura con el agregado de la basura diaria que puebla su sombra.

Se ríen del dengue. Los mosquitos Aedes aegypti les zumban en los oídos advirtiéndoles que en 15 días más pueden ser los ocasionadores de un ñembo’e paha.

Escuchan también las recomendaciones bilingües del Ministerio de Salud Pública.

Los consejos, sin embargo, les entran por un oído y les salen por el otro. ¿Para qué hacerles caso si ellos son inmortales? Morirán el vecino y la señora de enfrente, pero a ellos no les alcanzará el látigo implacable de la muerte.

Algunos de los que se tras- ladan de un lugar a otro en motos también forman parte de la lista de Gilgameshes locales. Piensan que los que terminan con el cuerpo inerte tapado con una sábana blanca sobre el negro asfalto van a ser siempre otros.

Por eso beben hasta morir. Les asiste la certeza de que empezarán a liberarse de la resaca en alguna mullida cama y no debajo de las barbas de San Pedro o junto al tridente del Príncipe Caído.

El listado de los que se creen inmortales puede continuar con los que van a 180 kilómetros por hora en las rutas, los que se tiran a aguas cuya profundidad desconocen y los que comen grasa de origen animal como si el colesterol taponara solo las arterias de los mortales.

Si estos Gilgameshes vivieran en una isla o en una bur- buja sin que su conducta afecte a los que no son como ellos, no habría inconvenientes.

El problema es que su inmortalidad mata a otros.