Inexplicablemente y sin condicionamientos, como la esencia misma del escabullidizo amor. Radicalmente y sin negociaciones, como la justicia necesaria para esta tierra de soledades. Peligrosamente, sin temores absurdos, como la filosa presencia de la belleza y sus desmanes... Así, sin más - y con todo- , quienes amamos a las mujeres nos vemos súbitamente hipnotizados por la personalidad y la actitud arrolladoras de Lisbeth Salander, personaje transversal de la saga Millennium, la monumental trilogía - igual de inexplicable, radical y peligrosa como la misma Lisbeth- escrita por el sueco Stieg Larsson, y que en los últimos años haya hecho temblar las estanterías y las cajas recaudadoras de las librerías del mundo. Pero esto último es lo de menos.
Cautivante desde su mismo nombre, Lisbeth Salander da un paso más allá en la construcción del ideario colectivo y en la propia imagen de la heroína típica, tanto de la literatura moderna como del cine actual. No se propone transgredir los delineamientos morales de una aristocracia ampulosa y patriarcal, al estilo de Anna Karenina o Madame Bovary, y si bien quizás esté más cerca de la concepción de personaje femenino a la onda Trinity (de la película Matrix) Lara Croft (Tomb Raider) o la inigualable Beatrix Kiddo (Kill Bill), Lisbeth reúne en sí los elementos más deleznables para la sociedad careta que impera en todos los tiempos.
Hacker (como Trinity), de inteligencia superlativa (a lo Lara Croft), y tan perseverante como implacable (como sólo parecía serlo Beatrix Kiddo), Lisbeth Salander es un verdadero peligro para la impunidad odiosa que cubre el accionar odioso de los odiosos hombres que no aman a las mujeres. Y es aquí donde el (anti) heroísmo de Lisbeth comienza a adquirir características propias. Ella no busca encontrar un secreto milenario que favorezca a una logia ni está predestinada por una fuerza divina a salvar al mundo a través de su abnegación, como podrían ser los casos de Trinity o Croft. Tampoco posee la espectacularidad escandalosa (aunque no por eso menos poética) de la Kiddo en la ejecución de su venganza.
Lisbeth no es así. Aunque reconoceríamos en ella una profundidad algo más cercana a la Kiddo antes que a las demás heroínas citadas, el contexto de Lisbeth Salander - y su propia forma de ser mujer dentro del mismo, y fuera de él- es quizás el más humano - por lo real- que se podría considerar.
Podríamos decir que Lisbeth no tiene prejuicios de ningún tipo para la obtención de sus objetivos, pero su moral y su ética son tan definidas que la ausencia de la Justicia (concebida esta desde la tragedia de su vida y la realidad misma de su tiempo) le genera odio tal, que su propio dolor se convierte en sed y la hace capaz de establecer la justicia más justa, la única posible, que la sociedad que la condena jamás será capaz de ofrecer. Con todo esto, es tan salvaje y pura Lisbeth, que la presencia del amor en su oscuro mundo, sencillamente, la aterra, a la vez que le devuelve parte de la vida que nunca puta jamás se le debió de romper.
Por eso es tan tierna Lisbeth, por eso es tan peligrosa. Por eso, quienes amamos a las mujeres con la tragedia en cierne, amamos tanto a Lisbeth. Amamos tanto...
EuloGarcía
Poeta
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