09 ene. 2026

Las reliquias del cristianismo: lugares de peregrinación y fe

La Iglesia Católica ha prestado especial atención a los descubrimientos arqueológicos y más aún a aquellos vinculados a su origen. Cada hallazgo constituye una oportunidad para reafirmar su historia y propiciar el peregrinaje de sus fieles.

Desde los primeros siglos, los seguidores de Jesús han visitado y venerado cientos de lugares y esa tradición continúa hasta hoy porque “es una fuente inacabable de renovación y reafirmación de la fe": la peregrinación. Este es uno de los motivos que impulsan a la Iglesia a seguir cavando la tierra en busca de nuevos y fascinantes hallazgos que han reforzado y enriquecido su historia.
Si bien no existe una categorización oficial, en Tierra Santa –donde Cristo vivió y murió– y Roma –primer foco de expansión masiva del cristianismo– se encuentran las reliquias más preciadas por los fieles.
Resulta imposible enumerar los lugares descubiertos y venerados en Tierra Santa –que abarca Israel, los territorios palestinos en Cisjordania, Irán, Siria, Turquía, Grecia y Creta– y que son descritos en el Antiguo Testamento y en los Evangelios. Sin embargo, por lo que representan para la tradición cristiana, el Santo Sepulcro y la Basílica de la Natividad adquieren un especial significado.
El primero, ubicado en la Ciudad Vieja de Jerusalén, es uno de los mejores datados históricamente y es el sitio en el cual, según relatan los Evangelios, se produjo la resurrección de Cristo. Fue redescubierto en el año 325, tras quedar enterrado cuando los romanos destruyeron la ciudad para reprimir la rebelión del pueblo judío en el año 70. En la actualidad, el Santo Sepulcro se encuentra en un complejo rodeado por capillas e iglesias.
La Basílica de la Natividad en Belén, que a lo largo de la historia sufrió reconstrucciones, saqueos e invasiones –la última en el 2000– es venerada desde tiempos remotos por los fieles. Los Evangelios señalan que en este lugar María dio a luz a Cristo.
Si bien, históricamente, nunca se perdieron los rastros de la gruta donde nació Cristo, fue el emperador Constantino el primero en construir el santuario belenense en el siglo IV. Dos siglos más tarde Justiniano lo reemplazó por otro de mayores dimensiones, que es el que hasta hoy se encuentra en pie.
En estos días, en los que se celebran fechas importantes del calendario cristiano, el Santo Sepulcro, la Basílica de la Natividad y otros tantos lugares en Tierra Santa reciben a miles de fieles.

La Ciudad Eterna y sus riquezas

Roma, ciudad en la que los primeros cristianos fueron despreciados y perseguidos hasta el siglo IV, acoge no menos atractivos que Tierra Santa. Algunos de ellos son las catacumbas, la tumba de San Pedro en el Vaticano y el sarcófago del apóstol San Pablo.
De las 60 catacumbas –excavaciones subterráneas utilizadas por los primeros cristianos como cementerio y refugio– halladas en Roma, la de San Calixto, cuyo origen data del siglo II, es sin duda la más importante: tiene 30 hectáreas, 15 de ellas ocupadas por tumbas, una extensión de 20 kilómetros de túneles y pasillos, además, 16 Papas fueron enterrados allí junto a una multitud de mártires y santos.
Con el correr del tiempo se perdió la costumbre de sepultar en las catacumbas y a principios del siglo IX fueron abandonadas y se perdió el rastro. Juan Bautista de Rossi, considerado padre y fundador de la Arqueología Cristiana, redescubre el inmenso cementerio subterráneo en 1844 cuando caminaba por unas viñas ubicadas entre las vías Apia y Ardeatina.
En mayo de 1854 y tras 10 años de ardua tarea, Rossi invita al incrédulo papa Pío IX a observar su descubrimiento. Ante tanta evidencia, el pontífice ordena de inmediato la adquisición del terreno y la protección del patrimonio arqueológico.
En el año 1939, cuando se realizaban las excavaciones para la cripta del papa Pío XI en la Basílica de San Pedro, se inicia de forma inesperada un largo proceso de descubrimientos que llega a la mitad de su recorrido en la Navidad de 1950 cuando Pío XII anuncia: “Hemos encontrado la tumba de San Pedro.”
Luego de 28 años, en 1978, culmina la investigación con el mensaje de Pablo VI: “Hemos llegado al final. Hemos encontrado los huesos de San Pedro, identificados científicamente por especialistas en el tema.”
El largo proceso de verificación de la tumba y de los restos, evidencian el afecto a quien es reconocido como el elegido por Jesús para ser el “fundamento de la Iglesia de Cristo”.
Esta semana, el Vaticano sorprendió al mundo al anunciar el hallazgo del sarcófago de quien fuera compañero de San Pedro: San Pablo.
Según el arciprestre de la Basílica de San Pablo Extramuros, el cardenal Andrea Cordero Lanza di Montezémolo, en realidad este no constituye un descubrimiento porque “ya se sabía desde hace 20 siglos que estaba allí”. Según la tradición, el “apóstol de los gentiles” fue decapitado alrededor del año 67. En 2001 el papa Juan Pablo II ordenó al purpurado iniciar las tareas para restablecer en lo posible la antigua situación de la tumba, que con el correr de los siglos fue completamente cubierta por la reconstrucción del santuario paulino.
En tanto se aguarda la decisión de Benedicto XVI, de continuar o no con las investigaciones, –sólo el Sumo Pontífice tiene la autoridad para ordenar la apertura de la tumba– ya son miles los fieles que visitan en estos días la Basílica para ver el sarcófago y renovar y reconfirmar su fe.