10 abr. 2026

Las dos italianas

Las dos son de la misma nacionalidad, ítalo-paraguayas, pero una es muy joven y la otra cuenta muchos años.

La menor nació en el Paraguay y, sin embargo, tiene pasaporte italiano. Una ley de su segunda patria la reconoce italiana, por ser hija y nieta de italianos. No llegó aún a la veintena y es muy hermosa. Fiorella, así la llaman, viajó a Italia representando al Paraguay en un concurso de belleza. Allí pudo afirmar, como Julio Cesar: “Veni, vidi, vici”. La declararon la más hermosa italiana - nacida fuera de Italia- del mundo. Sobre sus largos cabellos colocaron una corona y en sus brazos un ramo de rosas. Por si esto fuera poco, obtuvo valiosos premios.

Si la historia de la joven italiana es corta y tiene un final feliz, la historia de la anciana es larga y no acaba como los cuentos infantiles: “Y fueron felices y...”.

Dice así:

Había una vez un barrio donde vivían muchas familias italianas. Sus hijos bautizaron las calles con los nombres de las ciudades que los vieron nacer: Milano, Roma, Lugano, Sicilia... El barrio se extendía a partir de la Plaza sita entre las calles Jejuí, Ygatimí, 14 de Mayo y 15 de Agosto. A la Plaza la llamaron como la patria lejana: Italia, y escribieron el nombre en una lápida de mármol colocada en lo alto de una antigua casa en la esquina de las calles Jejuí y 14 de Mayo. La casa tenía una puerta en la misma esquina y altas ventanas con rejas sobre ambas calles. En ella tenía el señor Quintana un almacén con mostradores de madera y vidrieras. La balanza donde Quintana pesaba el azúcar, la harina, la yerba, tenía platillos de bronce y el mecanismo a la vista. Esta balanza se encuentra hoy en día solo en los anticuarios. También la caramelera con grandes frascos de vidrio, que giraba sobre un eje, para deleite de los niños, también debe estar junto a la balanza en un anticues.

Cruzando la calle Jejuí empezaba la Plaza. Los caminitos eran de arena y subían, bajaban o se torcían en forma caprichosa, respetando la arboleda que les daba sombra, protegiendo a los peatones del sol en verano. En el corazón de la Plaza se levantaba una glorieta en estilo neoclásico, de dos plantas. Una amplia escalinata, digna de cualquier villa italiana, permitía acceder al piso superior. Ésta tenía forma de rotonda y servía de escenario a la banda de música. Los martes había retreta, y mientras los instrumentos de bronce tocaban marchas y valses, los niños jugaban en la rosaleda. Entre las flores niñas de Yorck lucían el rojo de sus cabellos y su belleza Rose Mary Escobar, Ástrid Gustafson, Chunga Villarejo y alguna otra “de cuyo nombre no quiero acordarme”. Al concierto no faltaba un español de profesión afinador de pianos. El señor Leiva, sentado en un banco, llevaba el compás con el pie, interrumpiéndose cuando alguna trompeta desafinaba. El trombón era su favorito, siempre a tempo, pom, pom, pom. El señor Leiva vivía sobre la calle Jejuí, y su hija Leonor Cecotto, en la esquina de la misma calle y Convención. Leonor pintaba grandes flores, quizás inspiradas en las flores de la Plaza. Los cuadros de la desaparecida artista son hoy muy apreciados por todos los admiradores de lo bello.

Los enamorados se amaban en los bancos alejados de las luces y de la música. Allí, sumidos en la cómplice semipenumbra, solo “el almidón de la enagua les sonaba en los oídos...”. Ocupados en tan dulces placeres, no hacían caso de los ronquidos de “Ysipues”. Era éste un borrachín inofensivo que ayudaba a regar la rosaleda y lo llamaban “bombero”. No porque apagase incendios, sino porque bombeaba para llenar los tanques de agua del vecindario. En ese entonces se carecía de agua corriente y de motores eléctricos. Cumplido su trabajo, extendía la mano callosa a la dueña de casa, la que ponía unas monedas, las cuales pagaban, a su vez, un vasito de caña en el almacén de Doña Cecilia. Saciada la sed, “Ysipues” dormía la siesta en su banco de la Plaza.

También vivieron frente a la Plaza las familias Monello, sobre la calle 14 de Mayo, y Cancio Gaudino. Esta última tenía una hermosa casa sobre la calle Ygatimí. Detrás del portón de hierro de entrada se extendía un amplio jardín, que perdió su amplitud en beneficio de la calle, cuando ésta se convirtió en avenida. La escalera que llevaba a la planta alta nacía en el jardín. En el inicio estaba colocada una negra estatua de mujer vestida de vivos colores, de procedencia italiana.

En la década del 50, una casa de la calle 15 de Agosto se convirtió en convento. Las monjas Carmelitas, recién llegadas al Paraguay, fueron vecinas de la Plaza Italia. A primera hora de la mañana se podía asistir a misa en la pequeña capilla del convento. A la mano derecha del altar se alzaba una reja con cortina, detrás de la cual estaban las monjas escuchando misa. Un pequeño ventanillo las comunicaba con el celebrante y les permitía recibir la comunión. En honor del Señor de Cielo y Tierra colocaban un fragante ramo de jazmines en aquel lugar.

Los años se llevaron a “Ysipues” y a las niñas de cabellos rojos, rubios y azabache; los rosales se secaron; la glorieta se derrumbó o fue demolida; la banda de música, por falta de escenario, no volvió a tocar marchas ni valses; la Plaza, aquejada de vejez y descuido, sólo conservó los añosos árboles y los pájaros anidados en ellos. Pero también sería despojada de esta última riqueza. Un invierno llegaron los indígenas, quienes cortaron los árboles para alimentar las hogueras. Cuando los indígenas se fueron, llegaron los campesinos reclamando tierras; pero, lejos de amar la tierra de la Plaza, la pisotearon y violaron, dejándola desnuda y sollozando.

La Municipalidad y la Embajada de su segunda patria, Italia, acudieron en su ayuda. Un enjambre de jardineros hizo florecer los canteros, combatieron las termitas, repararon los bancos de madera y luego, un día de sol, flameo la bandera de Italia en su corazón. Los descendientes de aquellas familias que la bautizaron celebraron una fiesta, brindaron con el vino del Piamonte a su salud y los pájaros aprendieron la dulce lengua de Dante.

Lastimosamente, esta fiesta no fue el final feliz de la historia. Una vez más... llegaron los campesinos, los indígenas, los campesinos, los indígenas. Debajo de sus plantas se secaron las flores, la hierba y el verdor. El hedor del cadáver de la Plaza inundó el vecindario. Los campesinos que reclaman tierras para sembrar semillas de esperanza se fueron, dejando arrasada la tierra de la Plaza Italia.

Sólo le queda Carmelo, un jardinero de la Municipalidad. Carmelo, obstinado y soñador, se empeña en regar unas briznas de pasto que él plantó y espera ver algún día crecer.

Nostálgica crónica de la historia íntima de una Plaza, cuyo nombre debe al país de donde provinieron sus primeros vecinos: Italia.

Cuento

Pilar RuizNestosa

Escritora