En la Primera lectura de la Misa resuenan los duros reproches del Profeta Amós contra los comerciantes que atropellan y se enriquecen a costa de los pobres: alteran los pesos, venden mercancía de desecho, hacen subir los precios aprovechando momentos de necesidad... Son múltiples las formas injustas que emplean para hacer prosperar sus negocios.
En el Evangelio de la Misa enseña el Señor, mediante una parábola, la habilidad de un administrador que es llamado a cuentas por el amo, acusado de malversar la hacienda. El administrador reflexionó sobre lo que le esperaba: ¿Qué haré, puesto que mi señor me quita la administración? Cavar no puedo; mendigar, me da vergüenza. Sé lo que haré para que me reciban en sus casas cuando sea retirado de la administración. Entonces llamó a los deudores de su amo y pactó con ellos un arreglo favorable a los mismos. Al primero que se presentó le dijo: ¿Cuánto debes a mi señor? Él respondió: Cien medidas de aceite. Y le dijo: Toma tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta. Después dijo a otro: ¿Tú, cuánto debes? Él respondió: Cien cargas de trigo. Y le dijo: Toma tu recibo y escribe ochenta.
El dueño se enteró de lo que había hecho su administrador y lo alabó por su sagacidad. Y Jesús, quizá con un poco de tristeza, añadió: los hijos de este mundo son más sagaces en lo suyo que los hijos de la luz. No alaba el Señor la inmoralidad de este intendente que se prepara, en el poco tiempo que le queda, unos amigos que luego le reciban y ayuden. «¿Por qué puso el Señor esta parábola? pregunta San Agustín. No porque el siervo aquel fuera precisamente un modelo a imitar, sino porque fue previsor para el futuro, a fin de que se avergüence el cristiano que carece de esta determinación»; alabó el empeño, la decisión, la astucia, la capacidad de sobreponerse y resolver una situación difícil, el no dejarse llevar por el desánimo.
No es raro ver el esfuerzo y los incontables sacrificios que muchos hacen para obtener más dinero, para subir dentro de la escala social... Otras veces quedamos sorprendidos incluso por los medios que se emplean para hacer el mal: prensa, editoriales, televisión, proyectos de todo orden... Pues, al menos, ese mismo empeño hemos de poner los cristianos en servir a Dios, multiplicando los medios humanos para hacerlos rendir en favor de los más necesitados: en obras de enseñanza, de asistencia, de beneficencia. El interés que otros tienen en sus quehaceres terrenos hemos de poner nosotros en ganarnos el Cielo, en luchar contra todo lo que nos separa de Cristo. «¡Qué afán ponen los hombres en sus asuntos terrenos!: ilusiones de honores, ambición de riquezas, preocupaciones de sensualidad. Ellos y ellas, ricos y pobres, viejos y hombres maduros y jóvenes y aun niños: todos igual.
»Cuando tú y yo pongamos el mismo afán en los asuntos de nuestra alma, tendremos una fe viva y operativa: y no habrá obstáculo que no venzamos en nuestras empresas de apostolado.» (San Josemaría)
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