Luis León Bareiro
En el título de una noticia aparecida un par de días atrás en un diario capitalino (título leído muy de pasada) figuraba el nombre de Olga Blinder.
Pensé que se trataba del comentario, o el anuncio, de una nueva exposición de obras de la maestra.
Cuando lo hice con mayor detenimiento, pude enterarme de que, lo que la noticia anunciaba, era la muerte de la artista plástica.
En cierto sentido, habría que leer lo expresado aquí en su dimensión más literal: con las muertes de mentores de la talla de Livio Abramo, Edith Jiménez y ahora la de Olga Blinder, la continuidad del movimiento plástico contemporáneo nacional sufre una estocada fatal.
Los tres maestros citados no sólo pueden ser llamados creadores con todas las letras, sino también verdaderos promotores (en su acepción de motores primordiales) del ejercicio y el pensamiento plásticos en el país.
Conocí personalmente a Olga en casa de Adolfo y María Adela, dos amigos comunes nuestros, a principios de la década de los 70.
Por supuesto que ya sabía del inmenso valor suyo como artista y educadora. De hecho, el rechazo y la persecución (diría que hasta temor) que el stronismo manifestaba hacia ella la volvían para mí mucho más interesante porque, si el pensamiento oficial consideraba que “el mejor amigo de un colorado (era) otro colorado”, resultaba lógico lo impostergable que se hacía el conocer y frecuentar a aquel a quien definía como su enemigo o enemiga. Creo que lo mismo me ocurrió con Augusto Roa Bastos.
Más tarde, formamos un grupo de lectura de lingüística estructural de Ferdinand de Saussure, que -bajo la coordinación de Toni Carmona y del citado Adolfo (Ferreiro)- se reunía tres noches a la semana en mi antigua casa de barrio Jara.
Ahí, tuve ocasión de empezar a tratar más asiduamente a Olga, y de aprender de ella valores que hasta hoy tienen una fuerte gravitación en mí. Cosas que me transmitió y de las que confieso -sin embargo- no haber sabido honrar suficiente.
He dicho, más arriba, que es posible que el stronismo sientiese hasta temor por el trabajo desarrollado por Olga Blinder.
La figura y la persona de la artista para nada le eran indiferentes. Ésto sólo es posible entender cuando no se pierde de vista que -tanto en su vida personal (basada en una opción política inamovible) como en su trabajo- Olga se desempeñó siempre con solvencia y responsabilidad dentro de dos estructuras de significaciones sumamente álgidas: la del arte y la de la enseñanza.