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La esclavitud moderna

 

Es un tema que debiera de ser anacrónico el tratarlo en pleno siglo XXI, sin embargo, es necesario porque existe. En el 2018 se suponen 40,3 millones de personas que están en situación de esclavitud.

De ellas el 71% del total son mujeres y niñas, 10 millones son niños y niñas, 24,9 millones empleadas en trabajos forzados, 15,4 millones son esposas forzadas, y 4,8 millones son personas explotadas sexualmente.

Son datos del informe de la Fundación Free Walk en colaboración con la Organización Internacional del Trabajo (OIT).

Pero, ¿a qué se llama una persona esclava?

“La esclavitud moderna es como un concepto amplio que incluye las situaciones en las que una persona, mediante abuso de poder o engaño, le quita a otra su libertad para controlar su cuerpo, para elegir o rechazar un determinado empleo o para dejar de trabajar.

Todo lo cual puede manifestarse bajo formas diferentes: Explotación sexual, trabajos forzados, tráfico laboral de adultos y de niños y niñas, niños soldados, matrimonios infantiles y de adultos obligados, esclavitud por deudas o la llamada esclavitud por descendencia, cuando una persona está condenada a permanecer en una de estas situaciones porque sus ancestros lo estuvieron”. (Juan Torres López en El Diario.es, 4/9/18).

A todo esto hay que añadir algunas consideraciones que oscurecen mucho más este panorama.

Lo primero es que los datos arriba escritos son muy aproximativos. La esclavitud como otros signos de dominación, prostitución, desnutrición etc… desgraciadamente no son exactos y no se pone el remedio eficaz allí donde más se necesita.

Damos el ejemplo de la venta de órganos humanos para trasplantes en el primer mundo: Uno ilegalmente a la hora. Otros descubren que el 8% de los órganos que se trasplantan en el mundo son ilegales.

Dicen que los países muy ricos son los que más hacen por evitar la esclavitud, pero son los que tienen políticas migratorias más duras.

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