14 abr. 2026

La democracia procedimental liberal

El nombre es feo, qué duda cabe. Llamar a una democracia procedimental, cuando debe haber otros nombres disponibles mejores, da mucho que pensar. Pero no existe otro que la describa con tanta precisión. Es la referencia a la exclusividad de procedimientos que cierto modelo de democracia, hoy hegemónico, entraña. La democracia liberal, de manera casi exclusiva, se ha tornado procedimental.

Repare el lector que la mayoría de las democracias liberales europeas han devenido en un nihilismo generalizado o la misma secularización acelerada de la democracia americana. Véase, por ejemplo, la explosión de padres de familia que han decidido volver a educar en la casa a sus hijos, el movimiento de home-schooling.

Es que la democracia se ha convertido en sistemas donde el procedimiento es rey, y si cabe algún contenido de valor, este debería ser arrinconado a la intimidad del ciudadano. La tesis es clara: a la democracia no le deben interesar mayormente los contenidos de la misma, sino la forma. La meta es el Estado laico y sobre todo aconfesional, pero este término conllevaría y trasladaría no una mera neutralidad al resto de la sociedad que en sí ya es problemática -pues negaría la realidad-, sino el laicismo secularista, una postura clara sobre el ciudadano y su destino, donde todo es “construible” desde la experiencia “social”.

Laicismo que conlleva la exclusión y separación hostil o desaparición de la dimensión religiosa de las instituciones políticas. De ahí que lo importante es el yo cuasi absoluto del ciudadano que reclama derechos para sí sobre cualquier cosa que le agrade o quiera, menos su pertenencia confesional. Es la primacía del yo-quiero autónomo, que se reclama como derecho del sujeto a ser reconocido.

Así, este modelo procedimental no busca promover ningún bien en particular, o la virtud o la educación del carácter de la persona, sino que sólo permite que a cada ciudadano se le reconozca lo que él quiera sin importar la naturaleza de tal deseo. Será, entonces, la suma de los deseos particulares en “consenso” la forma en que el bienestar general se establecerá.

Si cabe dentro del consenso, entonces, este modelo cobijará tantos modelos de familias, nociones de la vida humana, experimentación genética, matrimonio, etc., como los que la sociedad tuviera. Lo que se excluye, prima facie, es toda idea preexistente de lo que constituiría la naturaleza, la familia o el mismo bien común. Lo construido a través del procedimiento no permite nada dado de antemano.

¿Qué pasa con el hecho religioso que quiere informar parte de la ética pública del ciudadano? Se le remite a la intimidad de la persona. Así, los valores de tradición religiosa pueden formar parte de la intimidad de la persona, pero no pueden estar presentes en la sociedad. Por lo mismo, no será apropiado ni permitido que, por ejemplo, los padres tengan derecho a educar a sus hijos, sino que el contenido de la educación será lo que dicten las mayorías con suerte, o bien las leyes elaboradas a través del procedimiento preestablecido.

Lo que vale, de nuevo, sería el mero proceso donde todo debe girar en torno a una enseñanza del Estado basada en una presunta ética pública. Fíjese que el Estado, afirman los defensores de este modelo, no impone una “religión”, pero sí impone una visión exclusivamente secularista y constructivista de toda la sociedad y deja espacios no públicos al resto. Si alguien pretende invocar algún principio nacido dentro de una experiencia religiosa permanente o una serie de valores que puedan humanizar el discurso público, se lo debe guardar para sí. ¿Por qué? Porque la “racionalidad” pública de la democracia procedimental no acepta nada que venga de una “irracionalidad” religiosa. Como resultado, cualquier aporte sobre lo que debe ser una institución que venga de cualquier tradición religiosa se deja de lado como algo impuesto, sea matrimonio tradicional, crucifijos en lugares públicos o el uso de velos como signo religioso.

El resultado es patético, los derechos o supuestos derechos de los deseos se han deglutido al contenido de los bienes objetivos y dados de la realidad. No importa la naturaleza humana que nos fue dada, sino lo que uno quiera y desee a cada momento. Pero si esto es así, la pregunta que el ciudadano debe hacerse es: si todo es relativo y atenido a circunstancias cambiantes, ¿cómo se defenderían los principios mismos de esa democracia que también, conforme a la misma, son cambiantes?