Juancito Báez - nacido el 4 de junio de 1948 en el barrio Paso Pe, de Villarrica- no pensaba a sus 16 años que su nombre figurase algún día en el listado de los grandes de la música paraguaya.
Después de iniciarse en canto simulando acompañarse con un pedazo de madera que hacía de guitarra, cantar en la calesita de un tío suyo a los 13 años y tomar parte luego del conjunto de los Hermanos Maidana - haciendo dúo con Antonio Barreto- , sin embargo, se le iba a presentar la gran oportunidad de su vida.
En Villarrica se produjo el encuentro que cambiaría el curso de su vida y marcaría su destino de artista. Silverio Rojas Vargas - también guaireño porque nació en la compañía Alonso Kue, del distrito de Tebicuarymí, el 20 de junio de 1946- le trajo una propuesta a la que no podía dar la espalda.
“A Silverio don Generoso Larramendia le había dado la misión de buscar Emilianoré en todo el país y llevar a Buenos Aires para grabar. A la par de esa tarea, él buscaba nuevos integrantes para su conjunto Los Guayakíes. Al principio sus cantores eran los hermanos Aníbal e Isaac Chilavert. El conjunto se desintegró. Por eso es que me contrató a mí y también a Víctor Fleitas, José Ovelar y Papi Basaldúa, para recomponer el grupo. El viaje era inmediato. Ni siquiera tuve tiempo de despedirme de mis compañeros de conjunto. Cheguerokañy (me raptó) prácticamente”, cuenta el músico y compositor.
En Buenos Aires, el éxito fue inmediato. El notable ensamblaje vocal, la expresividad y el ángel de ambos fueron algunas de las claves del triunfo, que no se hizo esperar. El resultado de ello fue la grabación de tres discos en el sello Amambay, de Larramendia. Esto fue entre 1966 y 1967.
“Como no podíamos con el techaga’u (añoranza), volvimos al Paraguay”, comenta, para agregar que “la presencia en el país fue fructífera”.
Deseoso de progresar en el arte del canto, su primer maestro de vocalización había sido su colega y compañero de Los Guayakíes José Ovelar. Cuando estuvo en Asunción, tomó contacto con Emilio Bobadilla Cáceres, quien iba a su domicilio a enseñarle. “A las 7 era mi clase. Menos cinco ya estaba en el portón. Ay de uno si, después de trasnochar, no se levantaba para la hora convenida. Nunca más volvía”, acota.
Por aquellos días, en la casa del Barrio Obrero de Juana Vargas - hermana de Ramón Vargas Colmán, el del celebrado Dúo Vargas-Saldívar- conoció al poeta Miguel de Mora.
“Él había sufrido una decepción amorosa y escribió unos versos con el título de Golondrina mía. Su amada había volado de su lado y no le quedó más que poner su sentimiento en el papel. Me entregó la copia y, en corto tiempo, estuvo terminada la polca. Era la primera composición de mi vida. Ahí me di cuenta de esa veta creativa que por lo visto yo traía”, recuerda.
El escritor, tras escuchar en la voz de Juancito su letra con melodía, quedó más que satisfecho.
- Kóa ha’e la melodía aréma ahekáva; koichagua nahendúiva (esta es la música que hace rato busco; nunca escuché una igual) - le dijo, tras terminar la interpretación.
“Nunca supe el nombre de la mujer. Lo único de lo que me enteré es de que ya había pasado el Pilcomayo”, menciona.
Entre 1975 y 1976, Néstor Ortiz - sobrino de Rodolfo Ortiz, quien fue integrante del conjunto de Paraná- contrató a Juancito Báez para viajar a Europa. “Nos establecimos en Bélgica y desde allí cumplíamos nuestros compromisos. Estuve un año y la añoranza otra vez me trajo a mi país”, añade.
Juancito vive en Ciudad del Este. Cuando coincide con Silverio en esa ciudad, siguen cantando y grabando juntos. Si no, lo hace con Manuel Ocampos. En cualquier caso y circunstancia, continúa fiel al arte que escogió como forma de expresarse ante los demás en la sociedad.
Cuando su amada cruzó el Pilcomayo, el poeta Miguel de Mora escribió una letra musicalizada por Juancito Báez, del legendario dúo Báez-Rojas.
Golondrina mía
Te alejaste de mi lado adorada vida mía
y mis sueños más hermosos nendive péina ohopa
la fragancia oguepa de aquel jardín florido
hoy al verme ya rendido angatápe che reja.
Pensativo te miré cuando tú te despedías
recuerdas cuando decías anichéne nderesarái
de este pobre corazón que truncó su alegría
y que ahora en agonía nderehénte imandu’a.
Tú dejaste abandonada mi alforja de ilusiones
y partiste una mañana, guyramícha reveve
angustiado me quedé con mi desdichada suerte
y mis ojos tristemente tesay mante oñohe.
Si volvieras algún día golondrina viajera
con la bella primavera avy’a jeýne che
tu sonrisa ha de ser nuevamente mi alegría
y esa hora ayer vivida taipyahu jey paite.
Letra: Miguel de Mora
Música: Juancito Báez
Mario Rubén Álvarez
Poeta y periodista
alva@uhora.com.py
Memoria viva