Revista Pausa

Félix Toranzos: cazador de objetos perdidos

En una charla íntima, el prestigioso artista hace una retrospectiva sobre sus inicios, su relación con los objetos, sus influencias y el ejercicio del arte en Paraguay.

Pelusa Rubin le pregunta si es feliz. Él le responde: “¿Cómo me llamo? Félix. Feliz”. Le hace honor a su nombre. Siempre porta una sonrisa y no escatima en bromas para amenizar el encuentro. No es un millennial, pero utiliza las redes sociales como si lo fuera. “Mis mejores ventas las hice a través de Instagram”, dice.

Este 2019 celebra sus 40 años de trayectoria como uno de los referentes más importantes de las artes visuales en nuestro país. Félix Toranzos se caracteriza por muchas cosas, menos por quedarse estático. “Uno no es solo un artista, sino que es varios artistas y creativos a la vez”, expresa, agregando que él prefiere ser creativo, para tener más opciones de desarrollar proyectos culturales. Su labor artística fluctúa entre el estilo renacentista, el geométrico y la intervención de objetos, y experimenta también con la arquitectura, el diseño gráfico, de interiores y de escenografía.

Félix es un eterno aventurero y cuenta que, desde sus inicios, se divertía mucho jugando a ser museólogo, recolectando e interviniendo objetos; objetos que habitan su casa, sus emociones y recuerdos, que deambulan por sus sueños, creando laberintos a otras realidades, como la muestra que se encuentra hasta diciembre en el Museo del Barro, La casa de Asterión, que recrea su hogar, donde lo público y lo doméstico se encuentran.

Hoy disfruta de sus sueños como director del Museo Paraguayo de Arte Contemporáneo y, además, director de Museos Nacionales, función que depende de la Secretaría Nacional de Cultura. Desde ese lugar hace un mea culpa, asegurando que seguimos siendo hijos e hijas de nuestras circunstancias, en esta isla rodeada de tierra.

Visitamos a Félix en su pequeño espacio en Casacor, estudio compartido con el artista Silvio Alder llamado Polyhedra. El ambiente fue diseñado para que ambas muestras se encuentren en el punto medio de la habitación. A la izquierda, la pared está revestida con piezas de cielo raso que pertenecieron a una antigua estación de tren. El óxido de los materiales es algo que llama mucho a Félix, quizás por ser marcas de una vida ya vivida. Su muestra se nutre también de otros objetos, como maquetas de engranajes mecánicos, esculturas de Bernardo Krasniansky y libros sobre Da Vinci, Miguel Ángel, y otros pintores.

A la derecha, las obras de Alder invitan a descubrir mundos geométricos abstractos. En el medio, el punto de convergencia: la reproducción del grabado Melancolía I del artista Alberto Durero. En frente cobra vida el cuerpo geométrico que se encuentra en el cuadro.

En este pequeño universo conversamos con Félix, rememorando los inicios de su carrera, su apasionante relación con los objetos de los que –confiesa– le cuesta mucho desapegarse; su vínculo con los artistas del 70’, que fueron sus principales maestros e influencias, y sobre cómo un artista resiste en un país ingrato con la cultura y el arte.

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<p>Toranzos y Silvio Alder presentaron Polyhedra, el espacio, su estudio compartido en Casacor. Por un lado la marca renacentista de Félix y por el otro, el mundo geométrico de Alder. </p>

Toranzos y Silvio Alder presentaron Polyhedra, el espacio, su estudio compartido en Casacor. Por un lado la marca renacentista de Félix y por el otro, el mundo geométrico de Alder.

¿Recordás cuál fue el primer objeto que recolectaste?

- Sí, me acuerdo muy bien. Era una cajita, de ferretería. Jugaba a que tenía un museo. Si necesitaba un Andy Warhol, lo hacía; si necesitaba un Da Vinci, lo hacía, lo calcaba. Era mi objeto más preciado y se lo vendí a una persona que lo quería mucho. Era una caja de clavos que encontré en una ferretería vieja y tenía un afiche como los que generalmente traían los visitadores médicos. Pinté el rostro de Marilyn Monroe, de Andy Warhol; era una especie de rompecabezas. El rostro de Marilyn siempre giraba, con cuatro cubos dentro de una caja y el rostro dividido en cuatro. Después hay otra pieza de un reloj que encontré, que lo transformé en una pequeña caja con un soldado de plomo que regalé a Livio Abramo. Son objetos que me acompañaron cuando jugaba a ser museógrafo, y ahora tengo tantos museos a mi cargo (risas). Los encuentro en anticuarios o en casas en demolición. Los objetos son los mejores recuerdos que tengo y me cuesta muchísimo deshacerme de ellos.

¿Qué es lo que te lleva a elegir un objeto?

- Cuando uno es recolector, vos elegís o ellos te eligen. Es la conexión que uno tiene con la materia. Estos materiales siguen una estética mía. Son parte de una serie que se llama Óxido, la hice hace más o menos seis años. Empecé a juntar piezas oxidadas y trabajar sobre eso. Les ponía pasta para proteger la oxidación. Así surge también Escrito en el muro, serie en la que utilizo la pasta para crear texturas y proteger la materia. Siempre hay un hilo conductor en mi obra, que es el objeto o la estética. Sobre todo esta última, con la cual trato mis trabajos. Carlos Colombino siempre me decía: “Separate de la estética, porque va a fundir tu obra”, y yo empecé a fundir mi obra (risas). Le volví a poner la línea recta, los ejes, los diagramas.

¿Cuándo comenzaste a recolectar?

- Desde los años 80, cuando rompí el nexo del arte geométrico. Me dio mucha satisfacción técnica y lo volví a descubrir después de 40 años, pero hubo un quiebre entre la estructura geométrica y trabajar ilustrando. Mabel (Valdovinos) me dijo que empiece a dibujar objetos para romper mi relación con la regla. Comencé a dibujar los objetos cotidianos de cada casa en la que estaba. Entonces primero lo agarro, lo dibujo y después me enamoro. Ahora, por ejemplo, mucho tiempo me pasé desarrollando una línea de obras ilustrando los objetos que me acompañan, como una silla o una mesa. Mi relación con ellos pasa por el deseo de darles valor en un espacio y tiempo, de jugar a ser coleccionista.

Y con los objetos cotidianos sucede que siempre están ahí, entonces los pasamos de largo con la mirada...

- Exactamente. Pero los objetos que más me gustan son las cajas. Porque al guardar en una caja hay una distancia. El objeto tiene más valor si lo enfrascas en el espacio y tiempo. Muchas veces el objeto suelto no vale nada, pero dentro de una caja adquiere valor. El poema de Bertolt Brecht que está en mi exposición La casa de Asterión habla de eso; los objetos que más me gustan son los antiguos, los que fueron usados, están rotos, o pertenecieron a alguien alguna vez. Todos los ítems de esa muestra fueron de alguien. Me encanta convivir con ellos, porque cada uno te genera otras historias. Son máquinas de generar cosas.

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<p>Félix confiesa tener una gran atracción hacia los objetos, en especial los que pertenecieron a alguien y cargan con una historia. Le gusta recorrer anticuarios o recolectar piezas en demolición. </p>

Félix confiesa tener una gran atracción hacia los objetos, en especial los que pertenecieron a alguien y cargan con una historia. Le gusta recorrer anticuarios o recolectar piezas en demolición.

¿Cómo era el primer espacio o taller en el que empezaste a desarrollar tu creatividad? ¿Cómo es ahora?

- Era muy simpático. Mi primer taller fue el patio de mi casa, donde tenía mi mesa de estudiante de arquitectura que se convirtió en una de pintura. El taller que siempre soñé estoy por tenerlo, ya va a venir enseguida. Todavía no hay un taller que considere digno. Hubo muchos según el espacio que me tocaba vivir, porque me mudé de casa varias veces. La capacidad creativa hace que un taller sea lo menos importante para tu labor artística. En mi caso, utilizo el comedor, el escritorio, la terraza; y mi mesa es mi paleta, porque yo no trabajo con bocetos, sino directamente al bastidor. El soporte de mi obra es a lo que yo me enfrento. Es una búsqueda constante dignificar también la zona de labor. Porque al tener un espacio digno, uno genera mejores obras. Pero a veces es al revés. Para mí el espacio no es un problema.

¿Con qué tipo de materiales te gusta trabajar?

- Utilizo pinturas que sean solventes al agua, porque trabajo rápido y quiero que se seque enseguida. Si fuera al óleo, me estresaría, abandonaría el arte y me dedicaría a otra cosa (risas). Por eso odié un poquito mi paso por Bellas Artes, teníamos que pintar al óleo y ese olor, ¡uh! Yo soltaba todo y me iba a la clase de Escultura. La profesora Ofelia Echagüe me decía: “Toranzos ya otra vez, ¿por qué no te quedas quieto?”. “No aguanto el óleo”, le respondía.

De todas las ramas que fuiste explorando, ¿cuál es la que más disfrutás hoy?

- En este momento disfruto de mi puesto como director de Museos Nacionales, porque esa necesidad que tenemos en cada museo lleva a luchar por circunstancias creativas para ver de dónde sacar los fondos y realizar actividades museográficas. Cuando tenés un presupuesto acotado del Estado, para el cual estás trabajando, cuesta mucho generar proyectos. Pero lo que yo estoy brindando ahora al Paraguay es mi experiencia. Lo más importante es dar a tu país todo el conocimiento que lograste acumular, y a quienes necesitan desarrollarse en cultura. Porque la cultura también es el eje de una nación, y eso hay que mantenerlo, tengas o no presupuesto.

¿Quiénes son tus influencias además de los renacentistas?

- Debo dar gracias a mucha gente que hizo posible que desarrolle mi trabajo creativo y no voy a terminar de agradecer a la gente del Museo de Barro, que se construyó con sudor. Te quiero mencionar al más cercano y más valioso para mí: Carlos Colombino. Aparte de mi padre, él fue una gran persona, porque me puso en un lugar y me dio importancia. Los compañeros de trabajo eran los grupos de transferencia de experiencia. Mi mejor escuela fueron los talleres en los cuales solía estar.

Finalmente, tus amigos y compañeros fueron tus mejores influencias.

- Era un círculo. Siempre me dicen: “Vos pertenecés a la claque”. Y yo soy de la claque que trabaja, que genera cosas para los demás, no la que se pelea.

Infancia marcada

Cuando recién llegó la televisión, Félix y su papá, Luis Toranzos, artista plástico y moldista, estaban pendientes de si podían sintonizar un documental sobre museos o específicamente arte renacentista. Su relación con su padre era principalmente a través del arte. Él le hablaba de Da Vinci, Miguel Ángel o Rafael, con historias que despertaron su curiosidad e inclinación.

Como Luis no pudo terminar el colegio y Félix era el primer hijo varón de un segundo matrimonio, hacía hincapié en que él debía estudiar y formarse. Apenas manifestó su interés de seguir arquitectura, sus padres le estimularon para que antes estudiase en Bellas Artes y aprendiera a dibujar. “Gracias a sus amigos y todos esos paseos que hacía por las galerías de arte pude conocer otros artistas, que me brindaron esa oportunidad de realizar mi primera exposición cuando tenía 17 años”, rememora.

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<p>La infancia de Félix estuvo marcada por las conversaciones que compartía con su padre, Luis Toranzos, sobre los artistas del renacimiento. Fue Luis quien lo impulsó a estudiar dibujo en Bellas Artes. </p>

La infancia de Félix estuvo marcada por las conversaciones que compartía con su padre, Luis Toranzos, sobre los artistas del renacimiento. Fue Luis quien lo impulsó a estudiar dibujo en Bellas Artes.

¿En qué momento decidiste que querías seguir explorando el arte toda tu vida?

- Mi meta siempre fue ser un aventurero en las cosas que me proponía (lo sigo siendo). También me gustaba un poquito ser arqueólogo, restaurador, museógrafo; casi todos esos sueños se cumplieron. Pero en ese quiebre en el que resolví dejar la facultad, cuando ya estaba vendiendo mis obras, decidí ser un artista visual y dedicarme netamente a eso. Me llenaba espiritualmente y tenía una fuente de ingreso para mantener a mi familia, porque yo estuve manteniéndolos por mucho tiempo. Todo lo aprendí de manera autodidacta, visitando los talleres de otros artistas. Una vez que ingresé a la Facultad de Arquitectura, empecé a trabajar con Colombino en su taller. Trabajé con varios ingenieros, con Miguel Heyn, Enrique Careaga y otros, y de cada uno de ellos fui recolectando cosas. Pero el taller y el momento en el que más aprendí a soltar la cuestión de expresión artística fue cuando conocí a Mabel Valdovinos.

¿Por qué? ¿Cómo fue esa experiencia?

- Ella era en cierta forma mi competencia, porque era la maestra en arte geométrico. Y me decían: “Tenés que conocerle a Mabel”. “¿Por qué si hace lo mismo que yo?”, preguntaba. Y justamente por eso. Ella era la reina del arte óptico aquí en Asunción. Era como una embajada, un punto creativo. Y uno podría creer que fui para aprender más sobre eso, pero al contrario, ella me brindó todos sus conocimientos sobre arte geométrico y ahí decidí cambiar totalmente de estilo. Empecé a dibujar a mano alzada. Y lo lindo de la casa de Mabel es que allí se paseaban los artistas más top de Asunción. Iban Jenaro Pindú, Miguel Heyn, Ricardo Migliorisi, Rubén Maltese, entre otros. Todos esos grandes que están y otros que ya no, pasaban por allí. Yo desaparecía de mi casa los fines de semana y me instalaba ahí. No teníamos mucha solvencia, pero encontrábamos la forma de producir arte sin tener que gastar. Trabajábamos con hojas secas de plantas o con hojas de diario. Y empezábamos a las 00.00 de la noche, cuando nadie nos molestaba. Fue una experiencia muy linda.

¿Qué es lo más difícil de empezar y, sobre todo, de mantener en el tiempo en una carrera artística?

- Lo principal es llegar al punto en el que tu obra es conocida y aceptada, porque si no, es muy difícil ser parte de algo. Lo mío salió solo: no es que yo quería pertenecer al mundo del arte, yo deseaba ser arquitecto. Sin embargo, cambié la orientación de mi carrera, sin nunca dejar de ser un diseñador de interiores o de planos arquitectónicos. Lo más difícil es no tener vigencia. Cuando te mantenés en el transcurso de los años y seguís creciendo es porque estás llevando un buen camino o tu máquina funciona muy bien. Yo soy una persona que vende muchísimo, por lo tanto eso me obliga a que cada año haga algo diferente. Porque el público también se puede cansar y decir que siempre hacés la misma cosa. Lo bueno es que tengo una línea de trabajo y siempre trato de que cada año sea diferente, con una temática distinta. Pero siempre hay un hilo creativo que marca mi forma de trabajar.

¿Y cómo mantenés esa línea creativa sin caer en lo comercial?

- Al vivir del arte, vos tenés que pensar en una cuestión comercial. Algunas veces caemos en el rito de hacer cosas para vender, como pintar flores. Ese es un cuestionamiento que teníamos, decíamos: “Ufa, tenemos que pintar flores para pagar ciertas cosas”. Pero cuando uno es consciente de eso, pasa de largo, porque es una obra que sustenta a otra. Colombino decía el “arte bombón”, que es solamente para vender, o “arte empanada”, porque se vende enseguida. Solventa y sostiene otros proyectos.

Algunas veces, cuando sos un artista al que le encomiendan trabajos, hay que pensar en eso: los que te hacen el pedido y te dicen cómo hacerlo son los capitales que te ayudan a solventar los diferentes proyectos. Y si vos vivís del arte, tenés que pensar constantemente en qué se vende y qué no.

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<p>Después de 40 años de labor artística, Félix disfruta de su rol como Director de Museos Nacionales y se dedica más a la investigación y redescubrimiento de sus obras ya hechas, como las de arte geométrico. </p>

Después de 40 años de labor artística, Félix disfruta de su rol como Director de Museos Nacionales y se dedica más a la investigación y redescubrimiento de sus obras ya hechas, como las de arte geométrico.

¿Y cuál dirías que es tu arte “empanada” o “bombón”?

- Mirá, yo realmente tengo suerte de que todo lo que hago, vendo. Sea “empanada”, “flor” o “bombón” (risas). Todo lo que firmo, se va. Es una suerte que me tocó a mí. Hasta inclusive vendo mi firma, conceptuada en un elemento equis. Pero lo bueno es quedarse en el mercado, no perderse. Hay mucha gente que a veces es un poco rebelde con el sistema. ¿Y qué significa eso? Hacer obras que solamente le interesan a uno, y no a los demás. A mí me interesa llegar a las personas creando un tipo de obra que se acepta con diferentes criterios y líneas, sea moderna, costumbrista o incluso paisajes. Yo al paisaje lo invento, con una sola línea en el horizonte. Todo depende del público. La experiencia nos lleva a aprender cómo sobrepasar todos esos escollos para poder vivir del arte, ser productores, artistas y no perder los criterios o la esencia de uno mismo.

¿Hay algún proyecto que se te quedó en el tintero que te hubiera gustado emprender y que ahora capaz quieras retomar?

- El proyecto latente es justamente crear mi propio espacio digno de trabajo, donde las cosas estén ordenadas… que sea un caos pero que sepa dónde está todo. Decidí reeditar los catálogos más importantes de mi labor de 40 años, dándole un valor material creativo. Son dos catálogos importantes que se refieren a la materia. Uno se llama La resistencia de los materiales, y el otro, Piezas de escombros. Ese proyecto probablemente lo lance a final de año. Que en el libro se sienta lo que tengo adentro.

En estos 40 años de trayectoria, ¿qué cambió en tu visión como artista?

- Esa capacidad de administrar creativamente proyectos culturales es lo que enriquece estos 40 años de trabajo. Digamos que es como un premio a la resistencia. ¿Qué significa eso? Resistir a lo que la nación te da. El Paraguay no brinda muchas posibilidades para realizarnos como artistas que trascienden la frontera. Seguimos siendo mediterráneos, tanto siendo artistas como hijos de un país. La misma mediterraneidad que sufrimos, la sufrimos como artistas, incomunicados de todo. Nos cuesta mucho representar al Paraguay afuera. Y eso es lo que más nos falta como desarrollo, una madurez artística. Yo me considero maduro, en el sentido de que tengo una seguridad de lo que hice. Eso me da para recordar a artistas que ya no están con nosotros para traerlos a los nuevos, trabajando la memoria. También aprendí a no ser egoísta con las cosas, porque –como me dijo una amiga–, “todo lo que vos aprendiste, tenés que traspasar”. Yo crecí en esos términos, porque a donde iba me ayudaban. Creo que alcancé un punto de madurez. En retrospectiva, era más intuitivo y con el arte geométrico me pasó que pensé que iba a copiar nomás lo que hice, pero volví a crear otro tipo de dibujos basados en los anteriores.

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