Por Mons. Ignacio Gogorza (*)
Vivimos en una sociedad pluralista. Hay diversidad de culturas, de religiones, de ideologías e incluso de valores. Hemos pasado de una estructura uniforme a una estructura pluriforme y a los que tenemos cierta edad nos cuesta aceptar esta realidad. Decimos: “Antes no era así” “No se veían ni se escuchaban las cosas que hoy vemos y escuchamos” “Había más respeto y no existía este libertinaje” que hoy sufrimos, etc.
Son expresiones de añoranza y deseo de crear estructuras más rígidas, de impedir tanta libertad de expresión y de comportamientos dispares, etc. En síntesis, nos encontramos en medio de una crisis de valores y nos cuesta la convivencia armónica y pacífica. Fruto de ello es la violencia de las palabras y de acciones en que estamos inmersos. Realmente no da gusto y en muchas ocasiones nos sentimos cansados de esta situación. No solamente los mayores, sino todos o la mayoría.
Para no caer en el desaliento o la desesperanza, que nos pueden inducir a la indiferencia o a la prepotencia de imponer lo nuestro, es importante tomar en cuenta y vivenciar la virtud de la tolerancia. Es la virtud de los momentos y situaciones difíciles que nos ayuda a encontrarnos con nuestra identidad respetando a los demás.
Efectivamente, la tolerancia no es simple transigencia, indiferencia o indolencia. Por tolerancia entiendo lo contrario de intransigencia. La persona intransigente es dura y antidemocrática, piensa poseer la verdad sin los otros, y no pocas veces la impone. La persona tolerante, en cambio, desde una posible humilde, respeta a los demás y, juntamente con ellos, busca la verdad.
Tolerancia es ante todo respeto hacia el otro. Respetar las ideas de los demás es la única manera de conseguir que se respeten las nuestras. La verdadera tolerancia precisamente es esto: respeto por las ideas de los otros, aunque no la compartamos. No consiste en renunciar a las propias ideas, pero tampoco quiere decir debilidad, falta de carácter o escasa firmeza en los planteamientos; tolerancia no es permisividad, no es derrota camuflada, no es abulia moral, no es pasotismo. Es ante todo respeto.
La tolerancia es la base fundamental de la convivencia en paz. El fomento de la intransigencia, en cambio, es el inicio del fanatismo y de la guerra absurda.
Seamos tolerantes con los que discrepan de nosotros en estilo de vida, ideología y religión. También en ellos hay elementos de bien y de verdad que vale la pena respetar y valorar. Más aún si logramos entablar con ellos un fructífero diálogo, podemos salir humana y moralmente muy enriquecidos.
Hoy en día precisamos mucho de la tolerancia para superar las múltiples y variadas manifestaciones de intolerancias e intransigencias: orgullo, imposición, violencia, terrorismo. Y la mejor manera de saber si somos tolerantes es analizar nuestras reacciones en situaciones que discrepan con nosotros o nos cuestionan alguna actividad o acción nuestra.
Recordemos siempre que sin tolerancia no existe respeto.
(*) Obispo de Encarnación y presidente de la CEP