En las numerosas conversaciones que he mantenido con el ex embajador del Brasil en Inglaterra y en Estados Unidos Rubens Barbosa, él con insistencia se refería al concepto del “interés nacional”.
El concepto del “interés nacional” es conocido y es la base de la política de los Estados Unidos; sin embargo, es un concepto casi desconocido en la mayoría de nuestros países de América Latina.
Dicen que la base del pensamiento son los conceptos y, por lo tanto, es fundamental conocer lo que es y lo que no es el “interés nacional”.
El concepto tiene su origen en “la voluntad del príncipe” o en la “razón de Estado” que existía en la Edad Media, y sobre el cual teorizaron pensadores como el cardenal Richelieu y Maquiavelo.
Con el derrocamiento de las monarquías y la aparición de las repúblicas liberales en el siglo XVIII, el concepto de que la política de un Estado tenía que estar subordinada a la “voluntad del príncipe”, fue reemplazado por la subordinación a la “voluntad general”, como decía el pensador francés Rousseau.
En el siglo XX, el concepto de la “voluntad general” fue evolucionando hacia el concepto del “interés nacional”, de la mano de numerosos estudiosos de las relaciones internacionales como Charles Beard, que en su obra La idea del interés nacional define que una nación es un conjunto de personas que tienen ciertos intereses comunes.
Ahora bien, cómo saber cuál es el “interés nacional” cuando en una nación existen sectores tan diferentes como los de los campesinos y los citadinos, los pobres y los ricos, los empresarios y los obreros; por citar solo algunos de ellos.
Los conceptos de Beard nos dan una pista para definir el “interés nacional” cuando clasifica los intereses en esenciales y en secundarios.
El primer interés es la supervivencia como nación, la cual se obtiene gracias al reconocimiento y a la aceptación de la independencia por parte de la comunidad de naciones. Este es un interés vital, de vida o muerte.
El segundo interés es tener los límites territoriales acordados con los vecinos y controlar el espacio interior de dicho territorio. Este es un interés esencial, pero no vital como el primero.
El tercer interés es el bienestar y el progreso de los ciudadanos que habitan la nación. Este es un interés secundario, no esencial ni vital como los dos primeros.
El Paraguay, gracias al aislamiento que impuso José Gaspar Rodríguez de Francia, obtuvo el reconocimiento de su independencia por parte de los vecinos y, con dos grandes guerras -que nos dejaron postrados en el atraso y la pobreza- conseguimos definir nuestros límites territoriales.
En los doscientos años de vida independiente pudimos conseguir los dos primeros objetivos vitales y esenciales de toda nación, pero el objetivo de progreso y bienestar se encuentra pendiente.
Ese propósito lo podemos alcanzar en este siglo XXI, pero para hacerlo posible tenemos que integrarnos al mundo porque ahí están los mercados a los que necesitamos acceder para que vengan las grandes inversiones al país.
Pero esas inversiones van a venir si tenemos seguridad jurídica, si dotamos a nuestro territorio de la infraestructura necesaria y si proveemos a nuestra población de la alimentación, salud, vivienda y educación, fundamentales para integrarse al mundo laboral.
Independencia y soberanía; límites y control del territorio; apertura de mercados internacionales y atracción de inversiones; y, una fuerte inversión en infraestructura física y social, constituyen el “interés nacional” del Paraguay del siglo XXI.
Todos los poderes del Estado, todos los sectores económicos, todos los sectores sociales y todas nuestras políticas internas y externas, tienen que subordinarse a este “interés nacional”, que está por sobre los intereses del Gobierno y por sobre los intereses sectoriales.