Mario Rubén Álvarez
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Junto a la soja y la carne vacuna, uno de los rubros que más trabajo da es la construcción. A tanto por lo visto llega su auge que hasta el hornero -cuyo nombre en guarani es ogaraity-, conocido también como alonso, alonsito y Alonso García, le suma su arte constructivo.
En medio de los edificios de altura que buscan el cielo, las suntuosas casas que a modo de palacio se erigen y también de las humildes viviendas que elevan su muralla por la agresión de los delincuentes, el pequeño pájaro moldea su morada.
En 25 de Mayo y Teniente Vera, en Asunción -al costado del ex seminario Metropolitano-, en el hueco de una columna de cemento de la ANDE atiborrada de propaganda electoral, construye su nido de amor.
Para hacer justicia, hay que hablar del hornero y la hornera. Él no hace planes de construcción sin ella. O viceversa, quién sabe si entre ellos cuál toma la iniciativa.
Mientras el tránsito en las horas pico se afiebra y algunos conductores piensan que bocinando al de adelante ganarán algunos metros y tal vez algunos segundos, ellos van y vienen, vienen y van, incansablemente.
Sus picos son pala para recoger los materiales necesarios: tierra mojada, paja, hierbas, bichitos... lo que la naturaleza pone al alcance de su ingenio y de sus fuerzas.
EL SECRETO DE LO MOJADO. ¿Cómo será que mojan la tierra para hacer su sólida argamasa?
“Buscan tierra ya mojada por la lluvia o el riego de plantas de jardín. Así llevan a su nido”, desvela el ornitólogo Hugo del Castillo, de Guyra Paraguay.
Es posible que su técnica de construcción sea igual a la de los que edifican viviendas populares: siempre es lo mismo. O casi siempre lo mismo, porque, en algunos casos, el fruto de su pico y de sus pies es de dos ambientes: una especie de sala y un dormitorio. Aquí deposita sus huevos, que no suelen ser más de cuatro.
La paciencia y sapiencia con las que arman su vivienda parecida al horno de barro (tatakua) -de ahí lo de hornero- son dignas de ser consideradas por aquellos py’a tarova que creen que se construye en un pestañeo.
A la pareja le lleva dos o tres semanas -de acuerdo a las condiciones climáticas del momento- concluir su obra. La de la foto está a punto de terminar.
Al unir el círculo que ahora parece un marrón chipá argolla cortado, la sólida casa habrá llegado a su fin. Entonces, el amor compartido en el trabajo a la intemperie adquirirá intimidad. Y pronto llegarán los pichoncitos.
Vivir arriba, casi en los aires, no está exento de riesgos. No faltan los guyra tie’ÿ (pájaros que no respetan la propiedad privada) que -en ausencia de los arquitectos-albañiles propietarios- pretenden adueñarse del esfuerzo ajeno. Los guyraû chopî y los chochî son esas amenazas aladas.