Editorial

Drama social de los inundados es un reclamo a la solidaridad

La creciente que desaloja de sus hogares a los pobladores ribereños pone al país, una vez más, ante un drama social que constituye un llamado y un reclamo a la solidaridad. Es imposible permanecer indiferentes ante las penurias que viven las personas que se ven obligadas a abandonar sus precarias viviendas para refugiarse en sitios también vulnerables, pero al menos fuera del alcance de las aguas por algunos meses. Pero esta sensibilidad que despiertan tiene que traducirse en gestos concretos de solidaridad hacia los compatriotas que hoy están necesitados. Las palabras que no van respaldadas con algún tipo de ayuda para los damnificados carecen de sentido verdadero. Por eso, más que hablar es la hora de ayudar a los que en este momento carecen de casi todo.

Si bien este es el momento de reclamar a las autoridades –tanto nacionales como locales– y en particular y a la clase política en general su irresponsabilidad al no crear las condiciones de una vida digna y segura a los compatriotas que viven a orillas de ríos y arroyos, es también el momento oportuno para instar a la ciudadanía a ser solidaria con los que están sufriendo el drama de las inundaciones.

La solidaridad es un bien social intangible que tiene que manifestarse en situaciones como estas donde la acción del Estado resulta insuficiente para paliar con dignidad la situación de los que han abandonado sus casas para ubicarse en los refugios, veredas, plazas, patios de amigos, clubes deportivos, predios de iglesias y otros lugares.

En la cultura de los guaraníes, nuestros antepasados, se registra la práctica del jopói. Consiste, en lo esencial, en que aquellos que pueden ayudar en una coyuntura dada a sus semejantes lo hacen como una expresión natural de la conciencia de que es necesario pasar la mano a los atraviesan por temporadas difíciles.

Es cierto que el modelo de sociedad basado en el individualismo y en la acumulación de bienes materiales ha ido debilitando ese rasgo de convivencia, pero aun así todavía perdura en la cultura de nuestro pueblo el espíritu de solidaridad. Y es en estas ocasiones que hay que apelar a su manifestación para que aquellos que hoy atraviesan momentos de dolor, incertidumbre y requerimientos perentorios diversos, se sientan aliviados y reconfortados al saber que hay gente dispuesta a hacer más llevadera su vida.

Afortunadamente, a través de organizaciones de larga trayectoria en el manejo de donaciones para los afectados por la creciente de las aguas como la Pastoral Social Arquidiocesana de Asunción y otras, dentro y fuera del país se está tejiendo una red de ayuda que se suma a lo propio de municipios, gobernaciones y el Gobierno Central.

Lo que se ha hecho hasta ahora, sin embargo, es aún insuficiente.

La cantidad de afectados por el drama de las inundaciones aumenta día a día. Por lo tanto, urge que más compatriotas solidarios se sumen con alimentos, ropas, medicamentos y materiales de construcción a las campañas de acopio de donaciones.

Hay que considerar que la situación se prolongará al menos durante tres o cuatro meses más. Ello implica que todavía queda mucho tiempo para estar al lado de los que se van a ver obligados a permanecer por una buena temporada fuera de sus asentamientos habituales.

Es de esperar que la mayor parte de los que no están afectados por la subida de las aguas expresen de algún modo concreto su solidaridad con quienes hoy están en precarias condiciones. Ese es el llamado de la coyuntura que vive el país. Es el momento de poner temporalmente a un costado las palabras que analizan la situación de los damnificados para lanzarse de lleno a ofrecerles una ayuda que les permita sobrellevar con esperanza el difícil momento por el que pasan.

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