Como en tantas ocasiones, Jesús se levantó de madrugada y se retiró fuera de la ciudad, para orar. Allí le encontraron los Apóstoles, y le dijeron: “Todo el mundo te busca”. Y el Señor les respondió: “Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he venido”.
Con estas mismas palabras de San Pablo, la Iglesia ha recordado con frecuencia a los fieles la llamada que el Señor les hace para llevar la doctrina de Cristo a todas partes, aprovechando cualquier ocasión.
Todo el mundo te busca... El mundo tiene hambre y sed de Dios. Por eso, junto a la caridad, la esperanza. Nuestros amigos y conocidos, incluso los más alejados, también tienen necesidad y deseos de Dios, aunque muchas veces no los manifiesten. Y, sobre todo, el Señor los busca a ellos.
Pidamos a la Santísima Virgen el afán apostólico y proselitista que tuvieron los Apóstoles y los primeros cristianos.
El papa Francisco, a propósito del evangelio de hoy, dijo: “La obra salvadora de Cristo no se agota con su persona durante su vida terrena; esta prosigue mediante la Iglesia, sacramento del amor y de la ternura de Dios hacia los hombres.
Al enviar en misión a sus discípulos, Jesús les confiere una doble misión: anunciar el Evangelio de la salvación y sanar a los enfermos. Fiel a esta enseñanza, la Iglesia siempre ha considerado la asistencia a los enfermos como parte integrante de su misión.
“Los pobres y los que sufren, los tendrán siempre”, advierte Jesús. Y la Iglesia continuamente les encuentra en la calle, considerando a las personas enfermas como una vía privilegiada para encontrar a Cristo, para acogerlo y servirlo.
Curar a un enfermo, acogerlo y servirlo es servir a Cristo, el enfermo es la carne de Cristo. Esto sucede en nuestro tiempo, cuando a pesar de las diversas adquisiciones de la ciencia, el sufrimiento interior y físico de las personas despierta fuertes interrogantes sobre el sentido de la enfermedad y del dolor, y sobre el porqué de la muerte.
Son preguntas existenciales a las cuales la acción pastoral de la Iglesia debe responder a la luz de la fe, teniendo delante de los ojos al crucifijo, en el cual aparece todo el misterio de salvación de Dios padre, que por amor de los hombres no escatimó a su propio Hijo.
Por lo tanto, cada uno de nosotros está llamado a llevar la luz del evangelio y la fuerza de la gracia a quienes sufren y a todos aquellos que los asisten, familiares, médicos, enfermeros, para que el servicio al enfermo sea realizado cada vez con más humanidad, con dedicación generosa, con amor evangélico, y con ternura”.
El papa Francisco, en su audiencia general del pasado miércoles, entre otras reflexiones, dijo:
“Las páginas de la Biblia cesan de ser un escrito para convertirse en palabra viva, pronunciada por Dios. Es Dios quien, a través de la persona que lee, nos habla e interpela para que escuchemos con fe.
El espíritu “que habló por medio de los profetas” (Credo) y ha inspirado a los autores sagrados, hace que “para que la Palabra de Dios actúe realmente en los corazones lo que hace resonar en los oídos”.
Pero para escuchar la palabra de Dios es necesario tener también el corazón abierto para recibir la palabra en el corazón.
Dios habla y nosotros escuchamos, para después poner en práctica lo que hemos escuchado. Es muy importante escuchar. Algunas veces quizá no entendemos bien porque hay algunas lecturas un poco difíciles. Pero Dios nos habla igualmente de otra manera.
Es necesario estar en silencio y escuchar la palabra de Dios. No os olvidéis de esto. En la misa, cuando empiezan las lecturas, escuchamos la palabra de Dios.
¡Necesitamos escucharlo! Es de hecho una cuestión de vida, como recuerda la fuerte expresión que “no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4, 4).
(Frases extractadas del libro Hablar con Dios, de Francisco Fernández Carvajal, http://es.catholic.net y http://w2.vatican.va)