Opinión

Crimen en cuarentena

Andrés Colmán Gutiérrez – @andrescolman

El video grabado con la cámara de un teléfono celular por una humilde pobladora ribereña de Ciudad del Este resulta desgarrador. En la imagen se ve apenas el cauce del río Paraná desde la costa paraguaya en penumbras. A lo lejos se escucha el grito de una persona pidiendo auxilio entre la correntada y se siente la desesperación de la mujer desde la orilla, clamando para que vayan a ayudarlo con una canoa, hasta que el grito se apaga y la mujer narra entre sollozos que el joven al parecer se ha ahogado.

El material audiovisual, que se volvió viral en las redes sociales y fue emitido por canales de televisión, ilustra parte de la tragedia ocurrida en la noche del lunes 4 de mayo, cuando una canoa con ocho o doce personas, pobladores paraguayos de barrios periféricos, volcó en medio del río cuando cruzaba en forma clandestina por la frontera entre el Brasil y el Paraguay, en medio de la oscuridad. Cuatro de los tripulantes desaparecieron en las aguas. El cuerpo de uno de ellos, Celso David Molas, fue hallado en la madrugada de este viernes, en la zona ribereña de Presidente Franco.

Hay versiones encontradas sobre el lúgubre episodio. Primero se dijo que eran ciudadanos paraguayos que intentaban ingresar clandestinamente al país ante el cierre de las fronteras por la pandemia del coronavirus. Uno de los sobrevivientes, un adolescente de 16 años, relató a la policía que una lancha de la Policía Federal Brasileña los embistió y provocó el accidente. La Federal negó haber intervenido. El capitán Walter Díaz, jefe de la Base Naval de Ciudad del Este, sostiene que no estaban huyendo de la pandemia sino retornando tras un cruce de mercaderías de contrabando al Brasil.

En una entrevista radial, el jefe militar relató con tono de sorpresa que durante el patrullaje se habían hallado muelles ilegales con sistemas de poleas para cargar las embarcaciones en los barrios periféricos de Ciudad del Este y Presidente Franco.

En realidad, el “descubrimiento” no es nada nuevo. Reiteradas publicaciones periodísticas han revelado la existencia de los llamados “puertos clandestinos” a orillas del Paraná, por donde en gran escala salen no solamente cigarrillos y productos electrónicos, sino también armas, drogas y personas, mientras ingresan desde el Brasil aceite, azúcar, tomate, harina, cubiertas, “doleiros” (lavadores de dinero) y prófugos del Primer Comando da Capital (PCC).

En una serie investigativa que publicamos en Última Hora en 2018 habíamos presentado la radiografía de este gran tráfico fronterizo, con fotos de muelles ilegales en los barrios San Rafael, Remansito y San Miguel, dotados de toboganes y sistemas de poleas, mostrando cómo efectivos de la Marina y de la Policía brindaban protección al ilícito. En 2019, otra premiada investigación periodística del colega Roberto Irrazábal, para ÚH, demostró que más de 250 puertos clandestinos operaban también desde las áreas de reserva del lago de Itaipú.

Además de la economía de “turismo de compras” en Ciudad del Este, Salto del Guairá o Pedro Juan Caballero, también la economía del crimen organizado, el contrabando y el narcotráfico se ha visto golpeada por la pandemia. La militarización de la frontera y el fuerte control por miedo al coronavirus restringen al mercado negro, aunque los muchachos la siguen remando, como en el trágico caso de los paseros del río Paraná o el enorme camión con toneladas de azúcar, embutidos y aceite brasileños que pasó tranquilamente por la trinchera entre Paranhos e Ypejhú, pero fue detenido en Curuguaty por el equipo del ex fiscal Emilio Fúster, el jueves 7 a la madrugada. Y ni qué decir de los sospechados negocios con guantes blancos en torno a las millonarias compras gubernamentales por la emergencia del Covid-19.

Para los criminales narcotraficantes y contrabandistas no existen programas oficiales como Ñangareko o Pytyvô, pero seguramente alguna vuelta le van a encontrar.

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