Opinión

Concupiscencia

Benjamín Fernández Bogado Por Benjamín Fernández Bogado

Un ex ministro que quiere ser senador me contó una historia singular. Me dijo que cuando tomó posesión del cargo, vino junto a él en su escritorio una mujer entrada en carnes y con muchos años en dicha secretaría de Estado, y le dijo: “Mire, señor ministro, bienvenido a este lugar, quiero que sepa que todas nosotras somos sus gallinas y usted nuestro gallo de ocasión”. El sorprendido ministro miró alrededor del gallinero y vio a un grupo grande de mujeres de distintas edades y condición al tiempo que sintió que una cresta emergía sobre su abierta y prolongada calvicie. No podía entender lo que le había explicado la dama y la condición que él asumía ante ellas. Muchas casadas y con las alas ya caídas. Le recorrió un extraño sentido de la concupiscencia que es algo tan natural al pecado y definido como el deseo sexual exacerbado o desordenado. La función pública tiene varios ejemplos cercanos y lejanos, siendo un territorio fértil para su desarrollo y ejercicio.

Esta semana en Washington, en el BID, la institución que cada año nos dice que nuestros administradores roban casi dos mil millones de dólares y que con notable eficacia nos siguen aumentando con los nuestros los niveles de deuda externa, ha decidido sacar a su presidente del cargo por concupiscente. Claver-Carone –el cubano americano–, nombrado por Trump por sobre la tradición y norma asumida que el cargo debe ser ejercido por un latinoamericano, fue acusado de violar los protocolos del banco y su propio gobierno le ha bajado el pulgar. Había contratado a su amante, recién divorciada, como jefa de gabinete pagándole 225 mil dólares al año. A pocos meses le incrementó un 20% el salario y después otros veinte superando en la actualidad los 420 mil dólares. En los correos electrónicos de la investigación aparecen reclamos de la dama por una posición de vicepresidente para compartir silla con Benigno López, quien fue parte del acuerdo que acabó con Claver en el cargo. La concupiscencia iba, como aquí, en sobresueldos, viáticos, viajes, etc. Hace poco el presidente del BID estuvo en el país más concupiscente de la administración pública, afirmando que “no hay otra nación mejor que el Paraguay para invertir”. Abdo y su corte sonrieron. Lo cierto es que la concupiscencia es algo tatuado en el alma de los protestantes, que hicieron un escándalo mayúsculo con Clinton al punto que arruinaron su presidencia y acabarán con el presidente de BID. Se puede hacer y se hace, pero tiene un alto costo si los pillan.

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En el gallinero nuestro, sin embargo, no pasa nada. Hubo un presidente del Banco Central al que lo escracharon con un pasacalle donde la esposa, cansada de las infidelidades, tuvo que ventilar el affaire. El empleado público no se inmutó. Tenía de su lado a los familiares de su consorte, que recomendaron a la despechada que era mejor consentir la infidelidad porque era muy rentable esa relación para la familia. El ex empleado, según denunciaron los propios funcionarios de la entidad, ya enviaba a sus amantes de avanzada en las visitas que hacía a los organismos internacionales o viajes de cualquier porte y, no contento con eso, llegó incluso a becarlas a maestrías y doctorados. Su nivel de concupiscencia llegó al punto de distribuir de forma orgullosa las fotos de las féminas que eran parte de “su gallinero”. Esto no pasaría de ser una cuestión ordinaria si no lo hiciera con nuestro dinero y al mismo tiempo se promoviera a sus amantes a posiciones con salarios para los cuales no tienen ninguna idoneidad ni pretenden alcanzarla. Esto es parte del pecado de nuestra administración pública. Algunos las llaman paquitas o yiyis y nos cuestan millones del Presupuesto General de Gastos. Desmoralizan a muchos, pero no ha sido frecuente que las féminas denuncien estos hechos. Lo toman como natural a la función pública. Cuando le espeté a uno que operaba de esa manera desde el poder y a quien le demandé que usara nuestro dinero para eso, me contestó: “Eso es como hacer y no contarlo, la concupiscencia solo tiene sentido en el exceso y en el uso del dinero de ustedes”. Lógica contundente y costosa en el gallinero.

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