Las vacaciones son un invento relativamente moderno, pese a que el concepto del ocio como valor humano fue pergeñado en la antigua Grecia. Los romanos, muy epicúreos, no desdeñaron esta idea y gracias a las vías construidas en sus dominios hicieron posible los primeros viajes de ocio. Aunque estos periplos estaban más ligados a procesos de sanación física, ya que los destinos preferidos de la época eran los baños termales. De allí el origen de palabras como spa (para unos es el acrónimo en latín de sanados por el agua y para otros, el nombre de la ciudad belga del mismo nombre, famosa por sus baños) y balneario, que simplemente quiere decir el lugar de los baños. (Una digresión: balneario es el principal nombre que le ponen a nuestros más tradicionales centros de esparcimiento estival; aunque, irónicamente, carezcan de baños).
Tras aquella experiencia, llegó la taciturna Edad Media y todos a rezar. La única posibilidad de descanso era el domingo. No era un descanso de música y diversión. Como establece la etimología del domingo, se trataba del día del Señor, cuya máxima actividad social era la Iglesia.
Pasada esta época y con el renacimiento de los valores grecorromanos, el ocio volvió a ser considerado una necesidad terrenal indispensable. En la era de los descubrimientos, los salvajes locales no tenían al ocio ni como concepto ni como posibilidad retórica, pues debían alimentar a los salvajes allende los mares. Recién por los siglos XVIII y XIX las vacaciones, entendidas como la posibilidad de conocer destinos exóticos comenzaron a popularizarse. El mundo era por entonces ancho y ajeno. Pero estas maravillas estaban permitidas solo para los más acaudalados.
A medida que la burguesía fue ganando espacio, las vacaciones empezaban a ir por caminos más proletarios. Por esos años, el concepto de descanso en Paraguay estaba ligado a las clases pudientes burguesas que iban a sus propiedades del interior para buscar mejores aires. Lo más era Córdoba o Buenos Aires y; para los realmente millonarios, la vieja Europa.
Tras la Revolución Industrial, el derecho a las vacaciones empezó a ser un derecho para las clases media y baja, aunque las más de las veces esas vacaciones se daban cuando te cesaban o terminaba el tiempo de cosecha. Las vacaciones pagadas fueron impuestas en Francia recién en 1936 y, por las circunstancias del destino, en esa misma época un gobierno de corte socialista, el febrerista, concedió el mismo derecho a los trabajadores paraguayos.
Tras la bonanza de Itaipú, las vacaciones pasaron a ser viajes, playas y demás deudos, y, en algunos casos, deudas. Los destinos eran Miami, Río y Punta. Después surgió Camboriú y toda la pléyade de playas brasileñas. Y ahora resaltan los lugares neotop como Dubái, Cancún y Punta Cana.
El término vacación simplemente -en su origen latino- significa estar vacío, dispensado del trabajo. Singularmente, está lingüísticamente emparentado con vagancia (lo que nos permite entender por qué hay algunos vagos en eternas vacaciones, inclusive en el ámbito laboral) y con vacante (lo que nos hace colegir que lo mejor de las vacaciones es que tenemos un trabajo remunerado que nos espera estresante, pero necesario).
Así que ya sabe, si trabajó, vacaciones sin culpas, como yo lo estoy haciendo ahora.