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Opinión
domingo 11 de junio de 2017, 01:00

Qué me importa tu ANDE

Luis Bareiro – @LuisBareiro
Por Luis Bareiro

Con un dejo de histeria en la voz, Verónica le dijo que le importaba nada su cuenta con la compañía de electricidad, y que si fuera necesario debía robar un banco con tal de saldar la deuda que contrajo con su empresa, la que la contrató a ella para hacer lo que estaba haciendo: extorsionar y amenazar a un moroso.

La conversación, que parecía salida de esas novelas que alimentan la leyenda de Pablo Escobar, se grabó y viralizó provocando la indignación pública (momentánea) ante lo que no es sino un síntoma más de una enfermedad silenciosa que nadie quiere reconocer. Permítanme hablarles de ella.

En una sociedad para la que aparentar es tanto como ser, en la que la riqueza es garantía de estatus e impunidad (pero en cuyos hogares a los niños no se les habla de dinero porque desearlo explícitamente es moralmente repudiable), en la que el modelo del éxito rápido y fácil es un funcionario corrupto y en la que la usura se practica de manera alevosa, es lógico que tengamos un ejército de morosos víctimas de alcabaleros extorsivos como Verónica o del cobrador de última instancia, el sistema judicial.

El problema arranca en la casa. Carecemos por completo de una educación financiera. A los niños no les hablamos de plata. Si preguntan cuánto gana papá les decimos que eso no se pregunta. Solo les permitimos saber que la plata no alcanza. Como me decía una economista, les regalamos una alcancía para que junten las monedas que sobran en la casa, y ese será su concepto del ahorro, juntar lo que sobra, y como asalariado nunca le sobrará nada.

A esto se sumará la cultura del consumo y la ostentación. Con su primer empleo, el joven se endeudará por los siguientes dos años para tener un teléfono móvil. Los padres de clase media con aspiraciones sociales inscribirán a los hijos en el colegio top cuyas cuotas y gastos conexos los mantendrán al borde de la quiebra, hasta la fastuosa fiesta de los 15 años que los precipitarán definitivamente en el abismo financiero.

Los retrasos en los pagos se cubrirán con las ofertas que aterrizan a diario en el teléfono. A sola firma. Usura pura y dura. Luego vendrán las Verónicas, seguidas del abogado con voz de sicario y finalmente el juez autorizando un embargo ilegal del ciento por ciento del salario.

Le sigue el pecheo desesperado a parientes, amigos y compañeros de trabajo. Embargan una casa de 100 millones por una deuda de veinte millones y en remate simulado se la lleva el acreedor por el valor de la acreencia. La mujer no sabía de las deudas, la infidelidad financiera, el divorcio, la familia hecha añicos.

Verónica no es la enfermedad, es apenas un síntoma menor de un cáncer que viene comiéndose la salud financiera de miles de paraguayos, una deuda que no aparece en los registros oficiales del BCP, pero que nos reventará en la cara más tarde o más temprano.