Viven solas, abandonadas por sus parejas o por sus hijos. Tienen a menores a su cargo y deben mantenerlos. Como no pueden salir de sus casas y están desempleadas, o en ciertos casos subocupadas, encuentran en el microtráfico un modo de sobrevivir.
Esto es lo que observan los de la Secretaría Nacional Antidrogas (Senad), sin que les deje de resultar llamativo: las mujeres están ganando terreno en el comercio del crac.
Por lo general, son madres solteras y ancianas. “Si bien son más los varones los que caen por la venta de drogas, llamativamente estamos observando en los últimos años que cada vez hay mujeres, madres solteras o mujeres de tercera edad, incluso, que se dedican al microtráfico”, suscribe Francisco Ayala, director de Comunicación de la Senad.
Es motivo de preocupación –dice– entre los agentes antidrogas, no solo por la forma en que va mutando el delito, sino por cómo va penetrando el microtráfico en un modo de sustento de los segmentos de la sociedad más vulnerables.
“Es preocupante porque es su realidad lo que les impulsa a hacer eso, pero no tendría que ser así. Pasa que una mujer, una madre soltera, tiene dos o tres hijos, no puede salir a trabajar porque no tiene con quién dejarles a las criaturas. Y, de repente, una opción interesante para ella se vuelve que en su propia casa –cuidándoles a sus hijos– pueda estar vendiendo droga”, sopesa sin abandonar la idea de que se trata de un “círculo perverso”.
Acontece lo mismo con las adultas mayores. “Tenemos casos de mujeres ya mayores, de mujeres sostén de familias, que no tienen posibilidad de salir porque tienen criaturas y son tentadas por el microtráfico y se dedican a eso”, se lamenta.
dilema. Para los antinarcóticos, esta situación los pone entre la espada y la pared. En medio de una encrucijada donde una problemática social se funde con una actividad ilícita, ya por marginación o por falta de oportunidades.
“Ellas están realizando una actividad ilícita y a veces nos toca detener a estas personas y después vemos que hay chicos que van a quedar desamparados”, afirma al admitir que se ven “en esa encrucijada entre lo ilegal” y la tristeza de “ver familias fragmentadas y destruidas, tanto por las ventas como por el consumo”.
Al respecto, comenta que existen casos de microtraficantes mujeres que se convierten en proveedoras de sus propios hijos, que no tardan en convertirse en consumidores.
“Como venden las drogas y tienen hijos chicos, estos ya crecen en ese entorno de constante circulación de drogas y terminan siendo adictos”, señala y recuerda –a modo de ejemplo– un episodio de hace tres años en San Lorenzo:
“Habíamos detenido a una mujer que obtuvo medidas (alternativas a la prisión). Al año siguiente, habíamos realizado un operativo y volvimos a detenerla con una gran cantidad de crac. Y ella le tenía encerrado en una pieza a un muchachito; le preguntamos quién era y nos contó que era su hijo: tenía 17 años, pero aparentaba de 12, por lo flaco que estaba. Nos dijo que se volvió consumidor de crac y para que él no salga a robar, ni estar por la calle, ella misma le proporcionaba”, relata Ayala parte de este cruento hecho que bien podría ser el calco de la realidad que cierne a las microtraficantes.
