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viernes 28 de julio de 2017, 07:27

Los refugiados africanos en Hong Kong ven la luz gracias al fútbol

El equipo de fútbol más llamativo de Hong Kong no cuenta con un solo jugador asiático y casi ninguno tiene permiso de trabajo. Son los All Black, una escuadra formada por refugiados africanos que, gracias al balón, han dejado de ser invisibles.

EFE

En la calle, les siguen llamando "hak gwai", literalmente "fantasma negro" en cantonés, pero en el campo todo cambia. Ahí deslumbran.

"Cuando los chinos ven africanos, piensan 'están muy en forma, son muy fuertes'. Cuando juegan contra nosotros, intentan elevar su nivel (...) En general, hay muy buen ambiente", dice Darius entre sonrisas en el campo donde él y hasta 29 africanos más entrenan tres veces por semana.

Ellos forman los All Black, un club único en Hong Kong, integrado en su mayoría por africanos que escaparon de su hogar por diferentes motivos que no quieren desvelar, y que buscan asilo.

El particular conjunto nació hace un año de la mano de Koya Medard Privat, un centroafricano que dio un vuelco a su vida por amor. En un viaje a Hong Kong en 2008, se quedó prendado de una local y tres años después decidió dar el salto definitivo y mudarse a esta parte del mundo para formar una familia.

"Tras mi difícil y dolorosa experiencia para integrarme en la sociedad hongkonesa, me dije a mí mismo que tenía que hacer algo para ayudar a mis hermanos africanos", explica el fundador comentando las dificultades que sufre el colectivo ante la imposibilidad de tener un permiso de trabajo mientras esperan durante años a que el Gobierno responda a sus solicitudes.

Según datos oficiales, tan sólo 83 casos fueron aprobados en Hong Kong desde 2009 hasta el pasado mes de marzo y, hasta junio, había más de 8.000 peticiones.

El sistema "les fuerza a trabajar de manera ilegal y en riesgo de ser explotados", advierte a Efe Annie Li, una de las responsables del Centro de Justicia de Hong Kong, que trabaja para proteger a quienes emigraron de manera forzosa y están en situación vulnerable.

Desde que presentan su solicitud, el Gobierno les concede una ayuda de unos 150 dólares para comida al mes y 200 dólares para alojamiento, pero ese dinero "no llega ni para alquilar una habitación" en una de las urbes más caras del mundo, critica Li.

Ante esta situación y la fuerte discriminación racial en ésta y otras partes de Asia, Koya Medard decidió apostar por la fuerza unificadora del fútbol.

Con la ayuda de su amigo Bidjoua Eustache-Hauvelith y el apoyo económico de la escuela del Chelsea, en la que consiguió trabajo, en 2016 empezó a juntar en el césped a ciudadanos de Somalia, Nigeria, Camerún o Ghana.

"La mayoría de nuestra gente sólo dormía, se despertaba y volvía a dormir. Hoy saben que se tienen que levantar y venir a entrenar", subraya el cofundador, quien evita desvelar su procedencia.

Al principio, no fue fácil profesionalizarse. De carácter y lenguas distintas, los jugadores tardaron en encontrar la armonía, pero hoy compiten contra equipos de la liga hongkonesa -siempre de forma amistosa, pues no se les permite hacerlo profesionalmente- e incluso han recibido ofertas para fichar a alguno de los suyos, aunque éstas no fructifican por la falta de papeles.

"Sentimos presión en casa, aquí estamos más relajados y nos ayuda a integrarnos en la sociedad. Es difícil, cuando estás en un país extraño, siempre sientes que te falta algo, pero a través del deporte creo que tenemos una oportunidad", considera el joven Sam, de la República del Congo.

"Es cierto que hay gente negativa. Algunos bastante racistas, a veces les escuchas diciendo 'negro'... Yo les ignoro", añade Salomon, cuyo objetivo es sencillamente seguir viviendo.

Frente a los golpes, ellos siguen demostrando su valía tanto dentro como fuera del césped, pues también organizan actividades culturales o talleres deportivos para niños con el objetivo de "transmitir a la gente que podemos contribuir en su comunidad", subraya el técnico Eustache-Hauvelith.

Pero sus esfuerzos no han evitado que sufran bajas. Primero, la del Chelsea, que retiró su apoyo económico hace meses, y luego, la de algunos compañeros que han sido detenidos por dedicarse a trabajos ilícitos (como el tráfico de drogas).

"Es triste. Mucha gente me dice que estoy loco -comenta el fundador, que ahora paga todas las facturas a la espera de patrocinador-, pero creo en lo que hago. Estos chicos necesitan alguien que les motive, que les ayude a ver un futuro diferente".