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Opinión
domingo 6 de noviembre de 2016, 01:00

Gerente de EEUU y emperador del mundo

Por Alberto Acosta Garbarino Presidente de Dende

En dos días más los ciudadanos norteamericanos elegirán al próximo presidente de los Estados Unidos. Pero los siete mil millones de habitantes que tiene el mundo estarán expectantes de las decisiones que tomarán los 130 millones de ciudadanos estadounidenses, que se espera concurran a las urnas a votar.

Es que la percepción generalizada es que va a elegirse a la persona más poderosa de la Tierra, cuyas decisiones pueden afectar a todos los países y a todos los continentes. Sin embargo, esta percepción de un presidente todopoderoso es en parte cierta y en parte errónea.

Para comprender cuál es el verdadero poder de un presidente americano tenemos que recorrer la historia y recordar que los primeros inmigrantes europeos que llegaron en 1620 a los EEUU, fueron personas muy religiosas y puritanas, que huían de las persecuciones religiosas y de las arbitrariedades del absolutismo de los monarcas europeos.

Por eso no fue una sorpresa que cuando Estados Unidos obtuvo la independencia en 1776, los padres fundadores de la nación norteamericana –inspirados en las ideas de John Locke y de Montesquieu– redactaran una Constitución que impidiera que en una sola persona se concentrara todo el poder.

Para hacer realidad esa idea, dividieron el sistema de gobierno en tres poderes independientes –el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial– en un régimen de equilibrio y controles mutuos (en inglés, checks and balances), que hace absolutamente imposible el uso abusivo del poder por parte de un presidente.

En la cultura política norteamericana, es preferible tener un presidente limitado en sus atribuciones antes que tener un presidente todopoderoso que pudiera cercenar las libertades de los ciudadanos.

Por ese motivo, los ocho años de la presidencia de Obama se han caracterizado, en lo interno, por una parálisis legislativa, debido a que el Congreso –dominado por los republicanos– ha bloqueado prácticamente toda iniciativa del presidente.

Si a esto le sumamos el poder de la Corte Suprema de Justicia y el poder que tienen las legislaturas de los 50 Estados y de los municipios, vemos que el presidente dentro de los Estados Unidos es un gerente, un simple administrador que tiene que vivir negociando con los otros poderes para lograr impulsar sus iniciativas.

Pero así como en el plano interno el presidente se encuentra muy limitado, los fundadores de la patria norteamericana entendieron que si los Estados Unidos sufrieran cualquier tipo de amenaza internacional, el presidente no podía perder tiempo en negociar con los otros poderes el trascendente tema de la defensa del país y le otorgaron toda la autoridad para actuar libremente.

Con este gran poder, el presidente de los Estados Unidos –que además es comandante de las Fuerzas Armadas más poderosas del planeta– puede movilizar la flota norteamericana a cualquier lugar del mundo, para atacar blancos enemigos como lo hizo Obama en Libia y en Siria, e incluso para entrar en guerras como lo hizo Bush en Afganistán y en Irak.

Son muy pocas las ocasiones en que el presidente de Estados Unidos solicitó al Congreso una declaración formal de guerra (la última fue en la Segunda Guerra Mundial), pero han sido centenares las ocasiones en que sus fuerzas armadas invadieron o intervinieron militarmente en América Latina, Asia y África.

Dentro de dos días vamos a vivir la paradoja de que 130 millones de norteamericanos van a elegir a un gerente con limitadas atribuciones para afectar sus vidas, mientras que siete mil millones de personas del mundo vamos a asistir, desde las gradas, a la elección del emperador que va a reinar sobre la Tierra en los próximos cuatro años.

Esperemos que los granjeros de Ohio, los hispanos de la Florida y los afroamericanos de Carolina del Norte elijan bien para Estados Unidos, pero que también elijan bien para el mundo.