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Opinión
jueves 29 de septiembre de 2016, 01:00

El salario que empobrece

Por Miguel H. López | En TW: @miguelhache
Por Miguel H. Lopez

El salario mínimo establecido por el Estado es posiblemente uno de los temas menos discutidos, pero más centrales que existen. Porque es aquí donde efectivamente se definen las condiciones de vida de las personas. El tema no es agraciado para los patrones. Jamás lo será. Y como los Estados, en países como los nuestros, estuvieron siempre en manos de grupos oligárquicos, tampoco responden a las necesidades de la gente.

Actualmente en Paraguay, el salario mínimo vigente no refleja la realidad de las necesidades de las familias, sobre cuya base se calcula. Esta no es ninguna novedad para nadie, pero es una situación que las autoridades y los empleadores no consideran y prefieren no ver ni sentir.

Según los cálculos del Ministerio de Justicia y Trabajo –organismo definido por el Estado a través del Consejo Nacional de Salario Mínimo, Conasan–, los G. 1.824.055 son suficientes para que una familia se alimente, tenga techo, se vista, se eduque, tenga salud y esparcimiento.

Y uno se fija en el monto y compara con la realidad y concluye que eso es perversamente cínico y cruel. El actual salario mínimo no sirve para nada.

En el último número de la revista Economía y Sociedad del Centro de Análisis y Difusión de la Economía Paraguaya –Cadep–, Diana Serafini concluye con claridad que el actual salario mínimo no cubre la línea de pobreza nacional. Refiere que una familia tipo paraguaya necesita 1.928.129 guaraníes para adquirir una canasta básica de alimentos y de no alimentos. Esto no cubre el resto de lo que un ser humano requiere: esparcimiento, vacaciones, distracción, cultura, etc. Tampoco representa alimento de calidad, sino de costo económico y de contenido regular.

Actualmente el salario mínimo, que mantiene en la pobreza al trabajador, es el techo en la mayoría de los casos. Esto sin contar con que un buen número de personas no llega a ganar salario mínimo en empleos formales, que constituyen verdaderos centros de explotación.

En agosto, dos parlamentarios de Avanza País presentaron un proyecto de ley para que el reajuste se realice anualmente sin esperar que la inflación llegue al 10%, como es norma actual. Hace unas semanas el Ejecutivo también planteó una idea similar, más con tinte electoralista. Y se opusieron los gremios de empresarios, en particular los cristianos, que deberían ser un poquito coherentes con la prédica de la idea social-cristiana.

Sea como sea, del derecho o del revés, el salario mínimo es injusto; no cubre las necesidades reales y solo ayuda a mantener la pobreza de las familias. Apenas ayuda a acumular frustraciones e infelicidad. Y en estas condiciones, será difícil salirse del atolladero y hacer despegar al país.