26 oct 2026

El “riesgo moral” en la gestión pública

Los seres humanos obramos en pos de un bien que nos es apetecible, que nos genere alguna recompensa o satisfacción, sea ella económica, moral o espiritual. Podríamos parecer cínicos si dijéramos que solo el interés mueve a las personas, pero la verdad es que nada hacemos sin alguna motivación, y ella puede ser sublime o perversa, con toda una escala intermedia donde se ubican las acciones prácticas o utilitarias, de supervivencia o bienestar, o que satisfacen gustos estéticos o inclinaciones filosóficas.

Por esas razones que enseña la doctrina cristiana sobre el misterio del mal, o lo que llama el “pecado original”, sabemos que las apetencias o su satisfacción son, a menudo, dañinas para uno mismo y los demás. Pero lo cierto es que la clave para una educación ética en la familia, en la escuela y en la sociedad, es que las personas asuman la consecuencia de sus acciones, sean ellas buenas o malas. Ese es el significado concreto de la palabra “responsabilidad”.

El chileno Mario Waisbluth, en La Reforma del Estado en América Latina, citando a otros autores, asevera que solo hay 3 tipos de motivaciones externas al comportamiento de las personas en una organización, sea ella pública o privada: las zanahorias, los garrotes y los sermones. Explica que los sermones, o sea, las arengas y exhortaciones, son las más usadas y las menos eficaces. Los garrotes o castigos parecen ser algo más eficaces, pero no lo son a largo plazo, pues la gente se acostumbra a actuar para evitar el castigo, y para ello son válidas todo tipo de simulaciones y maniobras que alientan la corrupción.

Las menos usadas y las más eficaces son las zanahorias, es decir, los estímulos, no solamente materiales, sino de reconocimiento o destaque de las acciones constructivas y creativas.

La Administración Pública en general es el ámbito donde prevalece la simulación, por la vía de la superposición de tareas y procesos improductivos, destinados exclusivamente a simular eficacia o laboriosidad. El castigo más fuerte, que sería la destitución, virtualmente no existe, debido a la dificultad y la demora de años para justificarla debidamente. La inamovilidad en la función pública es el incentivo más perverso, y decimos perverso en el sentido de que exime al funcionario de la consecuencia de sus acciones u omisiones.

Esto es lo que se llama “riesgo moral”, cuando las personas –o hasta las instituciones– saben que su ineficacia o mal proceder no serán castigados, sino a lo sumo podrán entrar en el freezer por unos años, lo cual conlleva la pérdida de algunos, no de todos los beneficios, y siempre podrán volver con el próximo gobierno o con el siguiente ministro.

El “riesgo moral” se crea cuando se premia o se omite el castigo a acciones reprochables, y no solo afecta a la función pública, sino que asume también otras formas en la gestión del Gobierno: hacerse cargo de la deuda de Azucarera Iturbe, otorgar año tras año subsidio a pescadores por un evento cíclico como es la veda por el desove de los peces, que debiera ser previsto por ellos mismos durante el resto del año, lo mismo que otros nuevos pedidos de subsidios que incitan a no buscar trabajo y recibir solamente dádivas que no reducen la pobreza, sino que la ocultan.

Esperábamos que este fraude consentido por parte de gobiernos populistas fuera corregido por uno nuevo que pretendía corregir el despilfarro público con la racionalidad privada, pero, en ese camino, el “nuevo rumbo” se está extraviando peligrosamente y sin atenuantes.