30 may. 2026

El “oído” gigante que rastrea las olas del universo desde el centro de Italia

En el corazón de Italia hay un sensor gigante capaz de “oír” las señales que llegan de los confines inconmensurables del universo: es el proyecto VIRGO, que busca ondas gravitacionales para desvelar los fascinantes secretos del cosmos.

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En el edificio, además del láser, ha sido instalado un preciso juego de prismas y espejos para dirigir el rayo, suspendidos a su vez con una serie de péndulos para evitar el “ruido”. Foto: physicsworld.com.

EFE


El experimento está en una amplia explanada entre las colinas de la Toscana, cerca del municipio de Cascina (centro), y su misión es detectar las ondas gravitacionales predichas por Albert Einstein en su capital “Teoría de la Relatividad General” (1915).

Se trata de una especie de olas que surgen de eventos como el choque de objetos extraordinariamente masivos como dos agujeros negros: estos giran hasta colisionar, provocando la emisión de ondas que se propagan como cuando se arroja una piedra al agua, pero esta vez por el espacio-tiempo, encogiéndolo y alargándolo.

La teoría –discutida por muchos– estaba asentada, pero faltaba una prueba, que ha tardado nada más y nada menos que un siglo en llegar.

Y ha requerido la construcción de tres grandes, costosos y sofisticados sensores: dos en Estados Unidos, conocidos como LIGO, y otro en Italia denominado VIRGO, del consorcio franco-italiano Observatorio Europeo Gravitatorio, en el que también colaboran científicos de España, Holanda, Polonia y Hungría.

Desde el cielo, VIRGO, similar a los otros, tiene forma de L: está conformado por dos galerías perpendiculares de tres kilómetros de longitud que se unen en un edificio, creando un ángulo recto.

Dentro de esa instalación, un potente láser proyecta su haz de luz hacia dos espejos situados en el fondo de dos tubos que recorren el interior de dichas galerías, sometidos al vacío para que la trayectoria y precisión del rayo sea imperturbable.

En el edificio, además del láser, ha sido instalado un preciso juego de prismas y espejos para dirigir el rayo, suspendidos a su vez con una serie de péndulos para evitar el “ruido”.

Es decir, cualquier fenómeno que pueda alterar el suelo y el sensor, de una sensibilidad tan increíble que puede detectar un seísmo en Japón, explica a Efe la experta española Julia Casanueva, encargada de controlar la posición de los espejos.

Así, cuando una onda atraviesa la Tierra deforma su espacio produciendo una variación menor a un núcleo atómico, imperceptible al ojo humano. Pero para eso está VIRGO, que registra cómo sus espejos se han movido, cambiando el rayo de luz.

Las ondas gravitacionales son un hecho. Fueron detectadas por primera vez en septiembre de 2015 por LIGO y su hallazgo ha sido considerado el inicio de una nueva era para la astrofísica, por lo que fue premiado con el Nobel de Física y el Princesa de Asturias.

Pero, ¿por qué es tan importante la detección de estas ondas? Tradicionalmente la astronomía ha conocido por la luz lo que ocurría en el espacio, destellos de lejanos nuevos mundos, pero ahora estas “olas” aportan una información complementaria.

“Antes teníamos ojos y ahora tenemos oídos”, explica el español Alejandro Torres-Forné, astrofísico del Grupo de Valencia en VIRGO.

Y es que el fenómeno que provocó la detección de estas ondas fue la fusión de dos agujeros negros, un fenómeno que no genera luz por lo que solo puede apreciarse mediante estas olas cósmicas.

En su opinión, el punto débil de instrumentos como VIRGO o LIGO es su extrema sensibilidad, que les hace detectar cualquier ruido, por lo que “para poder decir que algo es una onda gravitacional tiene que aparecer en varios detectores”.

Por ello es esencial la colaboración: la primera onda fue captada por los interferómetros estadounidenses, pues VIRGO estaba en fase de actualización, pero la última, de la fusión de dos estrellas de neutrones, fue registrada por los tres sensores el pasado agosto.

El barcelonés José María González Castro, experto en estudios de luz, explica que VIRGO y LIGO “a nivel de análisis de datos funcionan como un único ente”, hasta el punto de que la primera detección se dio gracias al algoritmo de un italiano.

“La idea es avanzar hacia una red de sensores” repartidos por el mundo, apunta Casanueva, un propósito ya en marcha en Japón e India.

El coordinador del Grupo de Valencia, José Antonio Font, cree que estas ondas “están abriendo una ventana al universo que va a ofrecer a las próximas generaciones una visión del cosmos totalmente nueva y fascinante”.

Pero para ello defendió la necesidad de “construir detectores en el espacio pues es la única manera de evitar la pérdida de sensibilidad que inevitablemente se produce en la Tierra debido a las vibraciones sísmicas de la superficie”.

Todo con un objetivo nada desdeñable: avanzar en el conocimiento del universo gracias a los ecos de sus incógnitas

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