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Opinión
lunes 14 de noviembre de 2016, 01:00

El Gran Hermano y la nueva sensibilidad

Por Sergio Cáceres Mercado – sergio209@lycos.com
Por Sergio Cáceres

Allá por 1973, Susan Sontag juntó en un libro los artículos que había escrito sobre la fotografía como fenómeno cultural. Ese invento ya tenía como siglo y medio de presencia entre nosotros, pero aquella perspicaz escritora se había dado cuenta de que la inserción de la cámara personal en nuestras casas y nuestras vidas era un cambio significativo en la relación hombre/fotografía. Hasta ese momento solo unos pocos poseían una cámara y, por lo tanto, la capacidad de reproducir en imagen al mundo y a nosotros mismos.

Entre las muchas interesantes ideas que Sontag indicaba, había una breve alusión acerca del distanciamiento que el fotógrafo asume frente a las personas que son parte de su objetivo. Le llamaba la atención que cuando la gente fotografiada estaba sufriendo, eso poco importaba al camarógrafo, pues en ese momento es más importante eternizar el hecho antes que paliar el dolor ajeno. Eran tiempos de Vietnam y la prensa ya había adquirido hacía décadas a la fotografía como una ilustradora privilegiada de sus noticias.

Si a Walter Benjamin le había preocupado que la fotografía, como una técnica de reproductividad, fuera extinguiendo el aura de la obra de arte, medio siglo después Susan Sontag entrevió que la sensibilidad humana cambiaba sobre algunas cosas que, antes de que la cámara se interponga en el medio, eran muy valiosas.

Ahora la fotografía está por cumplir doscientos años entre nosotros. El tipo de imagen que ella propuso se ha globalizado con el cine y la televisión, y hoy la digitalización celular de nuestra existencia ha cambiado nuestra percepción. Hay una densidad de imágenes que endurecen nuestros corazones, pero los ablanda en otros sentidos o, al menos, así lo parece. Es que a diario pasan por nuestros ojos cientos de videos y fotografías sensibilizadoras, no solo perritos y gatitos, sino infinidad de paisajes y poses humanas que quieren ablandar esa dura piel que hemos curtido en estos años de consumo y pragmatismo.

Como prácticamente todo puede ser registrado gracias al Gran Hermano que todo lo sabe, podemos alarmarnos al ver cómo meten un balazo a un perro en pleno centro asunceno o presenciar la ejecución de un sirio por los fanáticos del Ejército Islámico. Nos alarmamos, nos indignamos, y luego pasamos a la siguiente imagen, para volver a pasar por los mismos sentimientos.

¿Nos volvimos seres con los sentimientos a flor de piel, hipersensibles a causa de la serie de imágenes que nos ahogan? ¿O vamos rumbo a convertirnos en humanos que pueden pasar de largo frente al semejante porque ya no sabemos si es de carne y hueso o es una imagen como las tantas que veo día a día? El gobierno de nuestras emociones (Victoria Camps) está en constante cambio.

¿Cómo es ahora en este mundo densamente poblado por imágenes y controlado por las cámaras del Gran Hermano?