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Opinión
lunes 23 de enero de 2017, 02:00

De la indignación a la acción

Sergio Cáceres Mercado – sergio209@lycos.com
Por Sergio Cáceres

Las Constituciones existen desde mucho antes incluso que Aristóteles las recolectara y estudiara fundando el derecho y la política comparada. Para Hobbes, Grocio, Locke y Rousseau, la fundación de la sociedad era equiparable a la institución del Estado por medio de un contrato social que implicaba de alguna manera un código escrito que nos permitía pasar de un estado de naturaleza a un estado de derecho. Es decir, no fuimos lo que ahora somos; antes fuimos peor y tenemos la vocación de mejorar nuestra convivencia, por lo tanto, el progreso acarrea la normativización de comportamientos para evitar regresiones y el caos cívico.

El Paraguay, como las otras naciones latinoamericanas, ha tratado de subir al tren del progreso por medio del fortalecimiento de sus instituciones, pero los vicios locales han tenido más fuerza y han atentado siempre contra ese proceso. Mientras en los países que ahora muestran un avanzado nivel de vida y unas instituciones políticas fuertes, las nuestras son pisoteadas constantemente y los ciudadanos no son tales, sino gente marginada y soportando una vida miserable.

Hoy hemos acostumbrado a una persona a torcer todos los estatutos, normas y ahora la Constitución. Si para ser dueño de un partido tuvo que cambiar su estatuto, y lo logró, ¿por qué no habría querer hacer lo mismo con leyes superiores? La única diferencia es el precio a pagar, luego todo viene por añadidura: políticos obsecuentes y venales que le harán el juego. Es cierto que violar los estatutos de un partido político, que es sinónimo de corrupción en sí, no es lo mismo que violar la Constitución. Pero para los efectos le da igual. Ahora debe enfrentarse a una mayor indignación, porque se trata de nada menos que la ley superior que gobierna la República. No es cualquier cosa, ¿o sí lo es? Quién sabe.

Estas leyes de gran alcance son pensadas y sancionadas para que el difícil compartir y vivir juntos sea más llevadero y cada uno –a pesar de sus diferencias– pueda concretar una vida digna en comunidad. Pero para otros estas leyes simplemente son un obstáculo, y como todo obstáculo son removibles a golpes de billetera, tarea fácil cuando en tal comunidad se pueden comprar miles de obreros que las derriben. Si la cultura cívica no ha calado profundamente en la gente, los valores son directamente evaporables de acuerdo al valor de ceros que tengan los billetes ofrecidos.

Estos golpes a la institucionalidad no son nuevos en Paraguay; los ha tenido a lo largo de su historia y es la explicación de por qué la política ha sido enemiga de la gente y no le ha brindado un buen pasar sobre esta tierra, sino todo lo contrario. Pero hay esperanza. No todo está perdido, porque hay gente indignada. Si no lo hubiera, el destino del país ya estaría sellado para siempre. Ahora solo falta que de la indignación pasemos a la acción.