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Opinión
lunes 20 de junio de 2016, 01:00

Curuguaty: Nada hemos aprendido

Por Sergio Cáceres Mercado – caceres.sergio@gmail.com
Por Sergio Cáceres

La esperanza es lo último que se pierde. Imaginemos que alguna vez en Paraguay la Justicia será igual para todos. Cuando alguna vez eso ocurra recordaremos, para nunca jamás repetirlos, los momentos de ignominia que pasó nuestro pueblo por culpa de fiscales y jueces que se aliaron a poderosos en vez de actuar imparcialmente; uno de esos mojones de vergüenza será el caso Curuguaty.

Por muchos motivos el caso de Curuguaty quedará como un símbolo en nuestra historia. Los expertos nos lo dicen ahora y lo dirán en el futuro: el proceso estuvo plagado de irregularidades. Como nunca, fue más que evidente que los procesados ya estaban condenados de antemano.

En estos tiempos los actos de injusticia hasta nos parecen normales; venalidad, parcialidad, son términos cotidianos. ¿Que los agentes de Justicia inclinan siempre la balanza hacia sus intereses o a los de sus jefes de turno? ¿Por qué sorprenderse?, es el pan nuestro de cada día. O ¿cuál cree usted que sea la explicación última de toda nuestra situación como nación, como sociedad? Todo anda torcido en nuestro país porque los encargados de enderezar las cosas están torcidos ellos mismos, corrompidos hasta la médula. Los ciudadanos estamos inermes, pues nuestros defensores oficiales desoyen el mandato constitucional.

No debe extrañarnos que este Gobierno apañe lo que está ocurriendo en el juicio por el caso Curuguaty. Sus protagonistas estuvieron metidos también aquella vez como lo están hoy. Los campesinos que no se alinean a sus intereses nunca fueron de su agrado. Tienen fiscales y jueves a su servicio y con el poder de condenar a cualquiera que ose oponérseles. Ahora no les pesa la conciencia, pero saben que en el futuro quedarán como malos ejemplos, como aquellos que mancharon a la Justicia paraguaya con sus actos. Se los estudiará en las universidades como casos a no ser imitados, como mal ejercicio profesional, como vergüenza nacional. Hoy parece no interesarles lo que dirán de ellos mañana, pero sus hijos y nietos llevarán la pesada carga que por inconciencia ahora no parecen percibir.

Como los reos en tiempos antiguos o medievales, la impotencia es una segunda piel; saberse desde ya rumbo al cadalso era una certeza porque no había poder que pudiera salvarlos. Ser pobre ya anticipaba el resultado final. Hoy no quiero estar en la piel de los campesinos que están por ser condenados por el caso Curuguaty, la impotencia que sentirán de seguro es igual a aquellos que en la historia pasaron sin ninguna chance de poder demostrar su inocencia. Quién lo diría, los Sacco y Vanzetti se siguen dando hasta hoy. Nada hemos aprendido.