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Opinión
domingo 16 de octubre de 2016, 02:00

Cérdula

Por Arnaldo Alegre
Por Arnaldo Alegre
El respeto no se exige, se gana. Sin ecuanimidad profesional, amor a su institución y acatamiento de las leyes, los policías jamás dejarán de ser considerados como unos simples delincuentes disfrazados.
Es la persona la que debe honrar el uniforme que lleva, y no al revés. Ningún uniformado puede salir a exigir en nombre de un supuesto orden establecido el simple sometimiento de la población. Con temor no se construye civilidad. Sí se la consigue haciendo respetar la ley con sentido común, educación, rectitud, profesionalismo, fortaleza y don de gente.
En el orden interno es la sociedad la que delegó en esta institución armada el uso de la fuerza para garantizar su existencia. Ellos están sometidos a la sociedad, pues sin ella no existirían. Los que entienden esta premisa en sentido contrario solo lograrán la destrucción de su institución.
Usar la ley para delinquir genera un daño irreparable a la comunidad, pues la credibilidad que toda norma necesita para su persistencia se desvanece. Entonces da lo mismo cumplir o no cumplir una disposición. Al desaparecer estos cimientos, todo lo que sobre ellos se logró erguir cae por su propio peso.
En la semana que pasó hubo nuevos ejemplos de que la Policía Nacional está infestada de elementos indeseables. Y no fueron casos aislados.
Se percibe desde afuera la persistencia de roscas que trabajan con el único fin de recaudar. No solamente los delincuentes –la connivencia de los violadores de la ley con los que en teoría deben combatirlos es tan vieja como la propia historia– están en la mira de esta jauría.
Es la población común y corriente la que se ve en peligro de caer en sus garras, en su avidez angurrienta.
Cualquier conductor se santigua calladamente cuando ve una patrullera con un andar sospechoso detrás suyo. Reza para que todo acabe en una democrática pecheada y que no pase a mayores. En tanto, los dueños de comercio saben que deben poner la "gratuita ayuda" para no tener sorpresas desagradables.
La institución policial tiene que reformularse desde sus cimientos. Debe aislar o eliminar a los elementos nocivos (tanto administrativos como operativos); debe dejar de someterse al poder político con patético servilismo; debe armar un plan de carrera que no necesite de padrinos internos y externos; debe basar su accionar en métodos científicos, moralidad y legalidad cabal; debe amigarse con la sociedad; debe dejar de ser una cueva de brutos prepotentes.