09 ene. 2026

Un mundo gay

Por Luis Bareiro |

Desperté con la sensación de que algo extraño había pasado; la misma sensación me acompañó durante el desayuno; y cuando salí a la calle supe por qué. El mundo se había vuelto gay.

En los autos, en los colectivos, sentados en las plazas, en las veredas había parejas del mismo sexo. Algunas iban tomadas de la mano, otras apenas haciéndose compañía; una más apasionada se despidió con un beso antes de que uno de ellos (eran hombres) tomara un taxi.

Noté con alivio que también había una pareja heterosexual, pero era evidente que intentaba disimular la situación. Se comían con los ojos, pero no se tocaban. Ella acercaba su mano a la de él, y el observaba nervioso a su alrededor, temeroso de que alguien descubriera su tendencia.

En la oficina la situación era la misma. La mayoría era gay. O es lo que aparentaban. Es posible que muchos no lo fueran, pero se sentían obligados a fingirlo.

Era lógico. Cualquiera que se revelara heterosexual pasaba a ser blanco de las burlas.

Hablaban a tus espaldas. No importaba qué tan bueno fueras en el trabajo, tu eficiencia era una cuestión secundaria. Lo primero que decían cuando alguien se refería a vos era tu condición de hetero.

Nadie te condenaría abiertamente, pero la exclusión era notable. A veces grosera.

Por supuesto, yo también fingía. Algunas noches me pasaba horas preguntándome por qué había sido maldecido con la heterosexualidad. No fue una opción. No elegí ser heterosexual. Por lo que recordaba, tenía doce o trece años cuando mis primeros ataques hormonales me revelaron un deseo irrefrenable por las chicas.

Alguna vez intenté inducirme algún deseo por miembros de mi propio sexo. Compré revistas con modelos, hombres de todas las formas y colores, pero fue en vano. No podía imponerme lo que no era. No había forma de ignorar mis sentimientos. A mí me gustaban las mujeres.

Era una pasión irrefrenable, una imposición química, una cuestión de feromonas.

Qué me podía importar la causa. Yo solo sabía que necesitaba estar con una mujer.

Empecé a frecuentar bares hetero. Eran los únicos lugares donde podía disfrutar libremente de la compañía de personas del sexo opuesto, sin que nadie me mirara con asco, sin que quienes me vieran me juzgaran y condenaran, como si tuvieran algún derecho para hacerlo.

En las mañanas fingía ser un gay más. Cada tanto lanzaba algún piropo y luego me veía en figurillas obligado a rechazar muy diplomáticamente las insinuaciones del piropeado. Un grupo de amigos vivía preocupado por encontrarme novio y yo por encontrarles peros a sus candidatos.

Era una doble vida. Una vida atroz. Y lo peor aún estaba por venir.

Me enamoré. Era la mujer con la que quería compartir mi vida y ni siquiera la podía llevar a la iglesia. Encontrarnos en lugares públicos era exponerla al escarnio. Mi único escape lo encontraba en el cine, aprovechaba esa sala a oscuras para robarle un beso.

Estaba harto de esconderme. Molesto con el mundo porque se creía con derecho a juzgar mis sentimientos, porque me obligaba a ocultarlos como si fueran algo de lo que debiera avergonzarme.

Quería casarme con esa mujer. Vivir mi vida con ella. Sin esconderme, sin mentir, sin fingir. Ser yo, como soy.

Empecé a contactar con otros heteros. Éramos más de lo que suponía. Nos organizamos para defender nuestros derechos. Emitimos comunicados. Asumimos públicamente nuestra condición y visitamos los medios para que nuestra voz se escuche.

Finalmente, montamos una gran manifestación frente al Congreso. Ella estaba ahí, más bella que nunca. Yo sabía que las cámaras de los canales apuntaban a nosotros y sentí las luces de los flashes, y la tomé y la besé con toda la pasión tantas veces contenida. Quería que el mundo supiera que la quería.

No vi la piedra. Solo sentí su sangre cuando me salpicó el rostro. Cayó sobre mí, rota, sin vida.

Y desperté.

Era solo una pesadilla. El mundo no es gay. Es hetero. Y la vida no es un infierno.

No para nosotros.