09 ene. 2026

Las garrapatas ya acosaban a los dinosaurios hace 100 millones de años

Las garrapatas ya acosaban a los dinosaurios emplumados en el Cretácico, una relación parasitaria que ha quedado encapsulada en una pieza de ámbar de hace unos 99 millones de años y que evidencia por primera vez la interacción entre ambos grupos.

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El trabajo, por primera vez, presenta una pieza de ámbar en la que quedó encapsulada una garrapata aferrada a la pluma de un dinosaurio. Foto: efefuturo.

EFE


Los detalles de esta pieza, junto a las características de varias garrapatas halladas en el yacimiento ambarino de Myanmar (Birmania), se desgranan en un estudio publicado hoy en Nature Communications y liderado por el investigador del Instituto Geológico y Minero de España (IGME) Enrique Peñalver.

“Encontrar garrapatas aisladas en el registro fósil es raro pero no excepcional. De hecho, ya se habían descrito otras en el yacimiento birmano, del Cretácico, el periodo de extinción de los dinosaurios”, explica a Efe Ricardo Pérez de la Fuente, coautor del trabajo e investigador del Museo de Historia Natural de la Universidad de Oxford (Reino Unido).

Sin embargo, nunca antes se había conservado en una misma pieza de ámbar la relación directa entre garrapatas y sus hospedadores.

“El ámbar es resina fosilizada. Su principal característica es que es capaz de capturar organismos de forma rápida, lo que permite preservar las relaciones entre seres vivos, como dos insectos en cópula o un insecto con polen adherido, etc... es decir, nos permite contar con evidencias directas de relaciones entre organismos, algo que no ocurre con otros materiales fosilíferos como las rocas sedimentarias”, asegura.

Y aunque las garrapatas son parásitos chupadores de sangre que tienen un impacto tremendo en la salud de los seres vivos, “hasta ahora no había pruebas claras de su papel en el tiempo profundo”, detalla Enrique Peñalver.

El trabajo, por primera vez, presenta una pieza de ámbar en la que quedó encapsulada una garrapata aferrada a la pluma de un dinosaurio.

“Es una evidencia directa de la relación de parasitismo entre garrapatas y dinosaurios emplumados, algo absolutamente excepcional en paleontología”, subraya Pérez de la Fuente.

En el mismo estudio, los investigadores analizaron otros cuatro ejemplares de garrapata (una de ellas estaba llena de sangre y otras dos fueron encontradas en asociación con material relacionado con un nido de dinosaurio terópodo), pero todas ellas ejemplares de un nuevo grupo no descrito hasta ahora.

En la actualidad, hay tres tipos de garrapatas: las duras, que cuentan con una estructura en escudo en el dorso que les ayuda a protegerse de su hospedador; las blandas, que son muy abundantes; y un tercer grupo que “solo cuenta con una especie aislada que vive en el sur de África”, detalla el investigador.

“Estos fósiles excepcionales nos han permitido conocer exactamente cómo se deformaba el cuerpo de estas raras garrapatas cuando se hinchaban de sangre y en qué momento estaban llenas y se desprendían de su hospedador, es decir, sus hábitos de alimentación, que coinciden con los de las garrapatas blandas y la especie africana”, indica Peñalver.

Los investigadores vieron que las garrapatas del estudio también se asemejan morfológicamente a la especie africana, “lo que indica que estas garrapatas fosilizadas pueden ser su ancestro”.

De momento, el nuevo grupo ha sido bautizado como ‘Deinocrotonidae’ y la nueva especie como ‘Deinocroton draculi’, o ‘garrapatas terribles de Drácula’, y aunque harán falta estudios filogenéticos que lo confirmen, estos ejemplares “podrían ayudar a completar el puzzle de la evolución de estos parásitos”, asegura Pérez de la Fuente.

La búsqueda continuará en los yacimientos mundiales más importantes de ámbar, tres de ellos españoles, que con 105 millones de años son los segundos más antiguos del mundo después de los del Líbano (130 millones de años).

Por orden de antigüedad, a estos yacimientos le siguen los de Birmania y Canadá (ambos del Cretácico), los del Báltico (unos 42 millones de años), y los de México y República Dominicana (ambos de 20 a 15 millones de años).

“En todos ellos esperamos encontrar nuevas evidencias que nos ayuden a cerrar el círculo y asomarnos a la vida en el Cretácico y seguir extrayendo información de los organismos que vivieron durante este periodo”, concluye Pérez de la Fuente.

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