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Editorial
jueves 27 de octubre de 2016, 01:00

Urge política de prevención ante los azotes climáticos

Ante los efectos del cambio climático, las fuertes tormentas han dejado de ser fenómenos ocasionales para volverse cada vez más habituales, causando graves daños a la ciudadanía, cuantiosos perjuicios económicos al país e incluso ocasionando lamentables pérdidas de vidas humanas. Hasta ahora, desde el Gobierno central y los gobiernos locales no existe una política de prevención que ayude a la población a estar mejor protegida ante los azotes climáticos, ni tampoco existe un plan de obras públicas para mitigar las desastrosas consecuencias.

Durante mucho tiempo permaneció la idea de que el Paraguay estaba a salvo de las catástrofes naturales que azotan a otras regiones del planeta, como terremotos, tornados, huracanes o maremotos. Cuando se producían algunas tormentas, se consideraba que eran fenómenos ocasionales. Durante mucho tiempo, hasta mediados de la década del 70, el Almanaque Agrícola Paraguayo, elaborado en 1901 por el científico suizo Moisés Santiago Bertoni, fue capaz de predecir los días de lluvia en el año con precisión casi matemática.

Pero a partir de los años 70 algo cambió. En poco más de medio siglo, el Paraguay perdió más del 80% de su superficie boscosa, reemplazada por pasturas extensivas para cría de ganado y cultivos mecanizados de soja, maíz, girasol y trigo. De las más de 8 millones de hectáreas que cubrían la superficie del país en 1945, parte del sistema del Bosque Atlántico del Alto Paraná, hoy quedan poco más de un millón de hectáreas, según datos del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF, por sus siglas en inglés).

En la zona del Chaco paraguayo, la deforestación alcanza un volumen de mil hectáreas de bosques talados en forma diaria, según una investigación de la organización Guyrá Paraguay, realizada en octubre de 2015.

Esta situación es uno de los factores que a nivel local inciden en el cambio climático. Las fuertes tormentas han dejado de ser fenómenos ocasionales, para volverse cada vez más habituales en nuestro país, causando graves daños a la ciudadanía, cuantiosos perjuicios económicos al país e incluso ocasionando lamentables muertes de personas.

Un nuevo dramático caso se vivió en la noche del lunes, cuando las intensas precipitaciones pluviales, junto a los vientos huracanados, ocasionaron graves destrozos, causando la muerte de un albañil que fue arrastrado por los raudales y de una joven mujer que falleció aplastada por un árbol que cayó sobre la camioneta en que viajaba. Son dos lamentables pérdidas humanas que quizás podrían haberse evitado si la población tuviese un entrenamiento adecuado acerca de cómo actuar en situaciones de catástrofes, como sucede en otros países.

Sin embargo, hasta ahora desde el Gobierno central y desde los gobiernos locales no existe una política de prevención que ayude a la población a estar mejor protegida ante los azotes climáticos.

Las reacciones gubernamentales ante las tempestades siguen siendo puramente asistencialistas. Lo cables del sistema eléctrico siguen siendo muy vulnerables ante cualquier viento fuerte y la energía se corta ante cualquier vendaval, con todo el efecto negativo que eso conlleva. No hay avances en instalar sistemas de cables subterráneos, ni tampoco existe un plan de obras públicas para mitigar las desastrosas consecuencias. Hay que pensar que las tormentas llegaron para quedarse, y hay que enfrentarlas con más planificación y mentalidad proactiva.