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Opinión
lunes 10 de abril de 2017, 02:00

Sartori para los paraguayos

Sergio Cáceres Mercado – sergio209@lycos.com
Por Sergio Cáceres Mercado

La semana pasada falleció el politólogo Giovanni Sartori. De su clásica obra Elementos de teoría política, extraigo algunas ideas para seguir reflexionando sobre nuestro convulsionado contexto político.

No es casualidad que el primer capítulo del libro trate sobre la Constitución. Explica el italiano: "La palabra constitución proviene del latín constitutio, que, a su vez, proviene del verbo constituere: instituir, fundar". Con la sola etimología ya podemos comprender la importancia que tiene para una comunidad su constitución. Ella es la piedra fundacional, de donde todo emana. Si no la tratamos como tal, todo se resquebraja; de ahí la sensación de zozobra que muchos sentimos cuando nuestra Carta Magna es pisoteada sin escrúpulo. Hemos fundado nuestro Estado sobre principios republicanos y liberales, y el norte de nuestro comportamiento ciudadano está dictado por la Constitución. Por eso hubo tanto celo en su preparación; elegimos a los mejores hombres para que la pensaran y redactaran en nombre de todos nosotros. Manosearla es ir contra los principios del derecho que hemos aceptado y que nos vuelven seres humanos civilizados.

Unos párrafos más adelante, Sartori va analizando el concepto y su devenir en nuestra historia. Cuando empieza a comparar el constitucionalismo inglés frente al europeo continental y americano, dice que estos últimos leen sus cartas constitucionales en clave normativa, es decir, "como textos que decían a los poderosos «no puedes»". La nuestra proviene de dicha tradición, y les dice claramente a los poderosos que no pueden hacer todo lo que deseen, pero desde que hemos tenido constituciones –es decir, más de siglo y medio de nuestra historia–, los poderosos no solo han pasado por encima de la constitución de turno, sino que a veces han hecho una a su medida. Lo que pasa en estos momentos es simplemente un evento más que se suma a la larga cadena de humillaciones que ha sufrido el constitucionalismo.

Por lo dicho, esto indica lo débiles que aún son nuestras instituciones. Si ni siquiera logramos respetar la más fundamental, entonces nos falta demasiado aún para madurar como nación soberana y libre. Estamos a merced de los círculos de poder que surgen de los partidos políticos y de corporaciones empresariales. Son ellos quienes realmente instituyen nuestro ser como miembros de una sociedad política, pues pueden pasar por encima de la ley máxima y manipularla. Con sus actos no dicen quiénes somos y hacia dónde vamos, ¡y vaya que el futuro hacia donde nos apuntan no es nada luminoso!

Al final, Sartori reflexiona: "Un poder sin control no da origen al estado constitucional: es su negación y su destrucción. Quien elimina la jurisdictio del gubernaculum se burla del constitucionalismo; y debemos al menos impedir que ello ocurra en su nombre". Con todo su academicismo, el maestro nos aconseja que impidamos que el poder absoluto se imponga. Toda una lección que estamos aprendiendo y ejerciendo hoy en estos días oscuros para el Paraguay.