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Opinión
lunes 12 de junio de 2017, 02:00

El significado de Roa Bastos en nuestra cultura

Sergio Cáceres Mercado – sergio209@lycos.com
Por Sergio Cáceres Mercado

Mañana, Augusto Roa Bastos cumpliría cien años. Su centenario ha dado ocasión a que se hable profusamente sobre su obra y vida a lo largo de estos meses. Esta conmemoración tan efusiva nos dice, sin lugar a duda, quién es Roa Bastos para los paraguayos. Significa la mayoría de edad dentro de la narrativa paraguaya. Es el punto de inflexión, pues hay un antes y un después de su obra, pese a quien pese.

En su célebre ensayo La narrativa paraguaya en el contexto de la narrativa hispanoamericana actual (1986), Roa Bastos reconoce a Gabriel Casaccia como el fundador de la novelística paraguaya dentro de una nula tradición literaria. Si tuviéramos que hacer lo mismo, ¿donde ubicaríamos a Roa Bastos dentro del universo literario actual? En dicho texto, el escritor confiesa que la literatura "se me presentó siempre como una forma de vivir; no una forma de 'vivir literariamente' la realidad de la historia, la realidad de los deseos y de las obsesiones sociales e individuales, sino de hacer que la realidad de los mitos y de las formas simbólicas penetrasen lo más profundamente posible bajo la superficie del destino humano; una forma de realizar el conocimiento de lo incierto a través de las mutaciones y transformaciones de los múltiples aspectos de las realidad". En este fragmento y en todo el ensayo constatamos que Roa era muy consciente de la realidad de la literatura paraguaya y de su papel dentro de ella como creador.

El escritor reconoce como suya aquella vieja premisa en la cual la literatura debe trabajar lo local, pero resaltando lo que hay de universal en ella. Y, sin duda, lo cumplió a cabalidad. Aquellos cuentos que empezaron con El trueno entre las hojas mostraron una prosa tan versátil, culta y poética, que al mismo tiempo rescataba el universo de un Paraguay que intentaba levantar cabeza luego de dos grandes guerras. Hijo de hombre fue la consolidación de su voz literaria, que retrataba el contexto de la epopeya chaqueña, y Yo el Supremo la prueba definitiva de que estábamos ante una pluma única.

Nuestra geografía nos parece pequeña cuando la vemos comparativamente frente a los gigantes que tenemos como vecinos. Nuestra historia nos cuenta que hemos pasado calamidad tras calamidad. Con tales antecedentes no es raro que busquemos tanto la prueba de que podemos hacer cosas grandes. Para nuestra conciencia colectiva, la figura de Roa Bastos se nos presenta como la prueba de que el talento no nos fue negado. Es así como pensamos. Objetiva y materialmente no hay nada en nosotros que nos condicione ontológicamente por el hecho de ser paraguayos, pero así lo creemos y muchas veces actuamos en consecuencia.

Lo que logró Roa Bastos lo hizo en primer lugar como persona, su nacionalidad no lo condicionó, solo alimentó su imaginario para producir lo que produjo. Este centenario debe ayudarnos a que su ejemplo cunda más entre nosotros, pues es en nuestra sicología colectiva donde debemos volver a nacer para crecer.