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Opinión
miércoles 11 de enero de 2017, 02:00

Agua sucia

Guido Rodríguez Alcalá
Por Guido Rodríguez Alcalá

El verano comenzó con altas temperaturas y encima caldeado, en sentido figurado. Primero apareció la noticia de que tomar agua de la canilla era peligroso. ¡Y yo que siempre la tomaba sin problemas! Dejé de tomarla por precaución y me pasé al agua embotellada. Entonces apareció la noticia de que el agua subterránea de los departamentos de Central y Paraguarí está contaminada: tampoco se puede confiar del todo en el agua de la botella.

Una causa de la contaminación, según la Seam, es la filtración de las aguas cloacales, que no es una casualidad, porque el sistema de alcantarillado es entre deficiente e inexistente. Antes de resolverse el problema, ya se ha decidido crear un nuevo vertedero, con la construcción de oficinas públicas y departamentos en la zona del puerto.

Otra causa de contaminación son los nitratos, que pueden producir cáncer. ¿De dónde vienen los nitratos? A falta de un estudio detallado, podemos suponer que esa es una manifestación local de un problema mundial: la contaminación del planeta con miles de sustancias químicas. Sobre el asunto, merece leerse el libro de la investigadora francesa Marie-Monique Robin, El veneno nuestro de cada día, publicado en 2010 (existe el video, que se puede ver en internet).

La autora dice que, entre 1945 y 2010, se han puesto en circulación cerca de 100.000 productos químicos, sin controlarlos debidamente: la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha analizado solamente 935 de ellos. ¿Y las instituciones gubernamentales? En los Estados Unidos está la FDA (encargada de controlar la comida, remedios y productos que afecten a la salud); en la Unión Europea, la EFSA, que es su equivalente. (Deberíamos mencionar también a la EPA norteamericana, encargada de la protección ambiental). Según Robin, esas agencias no realizan estudios independientes de los nuevos productos, sino que se limitan a supervisar los estudios realizados por las empresas que quieren lanzarlos al mercado, y en muchos casos presentan estudios mal hechos o mal intencionados.

Financiado por los fabricantes, el destacado científico Richard Doll dijo que la dioxina no producía cáncer. Eso permitió seguir vendiendo el producto (Agente Naranja) contaminado con dioxina. Se descubrió el engaño y se retiró el producto, después de una demora muy lucrativa para sus fabricantes. No es el único caso, dice Robin, quien cita varios más (PCB, DDT); las empresas químicas influyen demasiado en los gobiernos, que no protegen debidamente a la ciudadanía del "veneno nuestro de cada día".

Con todo, en el Norte existen estudios independientes sobre los efectos de los agrotóxicos: 26.000 millones de euros anuales en tratamientos de cáncer, dice Robin. ¿Qué resultados daría un estudio similar en el Paraguay? La advertencia de la Seam debería ser solo un primer paso.