Editorial

Urge convertir la reforma de la educación en causa nacional

Para salir de la pobreza y alcanzar un país con desarrollo, la educación de calidad es un instrumento imprescindible. Aun cuando hay consenso en la necesidad de reformar el obsoleto sistema educativo para afrontar los desafíos del mundo globalizado, el proceso para alcanzar un cambio en ese campo es demasiado lento, desprolijo y carente de la pasión que requiere y reclama una empresa tan relevante para el futuro inmediato. Por eso es perentorio que el Ministerio de Educación y Ciencias (MEC) reimpulse con fuerza el proyecto de dotar al país con un modelo educativo que contribuya al bienestar de todos los ciudadanos.

Mientras se siguen investigando las causas y los responsables de la grave crisis provocada por la vergonzosa negociación del uso de la energía de Itaipú que tuvo al país al borde de un juicio político a las cabezas del Gobierno, es necesario dirigir la atención a los grandes y graves problemas nacionales que han quedado en segundo plano.

La reforma educativa es uno de ellos. Si bien la misma está en marcha, la sensación que existe es que sus pasos son terriblemente lentos. No se percibe que la institución gubernamental encargada de llevar las políticas públicas en el campo educativo, el Ministerio de Educación y Ciencias, esté liderando el tema con la debida seriedad que reclama algo tan fundamental para la vida de la República.

En teoría, hay consenso y coincidencia en la sociedad civil y en el Gobierno en el criterio de que sin una educación renovada que ayude a superar las asimetrías sociales cada vez más pronunciadas, el Paraguay no podrá aspirar a contar con mejores condiciones de vida para sus habitantes superando la inequidad y proyectándose al porvenir con esperanza.

Desde esa perspectiva, es necesario avanzar a pasos acelerados, asumiendo que resulta imprescindible que todos los sectores ciudadanos participen de lo que al fin y al cabo tiene el propósito de mejorar su calidad de vida. Un debate sereno, que vuelva causa nacional la reforma educativa es todavía una materia pendiente.

Es necesario crear conciencia de que una transformación de la educación no es un asunto exclusivo del MEC, de los docentes, de los administradores de las instituciones de enseñanza, de los alumnos y de los padres de familia únicamente. Por eso, las organizaciones sociales de los diversos sectores de la sociedad civil también tienen que contar con los canales adecuados para aportar ideas y sugerencias.

Lo que la reforma tiene que lograr es diseñar una nueva hoja de ruta para la educación de tal modo que desde lo teórico se pueda anclar en lo práctico para que sus destinatarios –los estudiantes– puedan salir de las aulas con saberes que les permitan enfrentar con éxito la vida, desenvolverse con criterios autónomos, ser creativos, internalizar las ansias de superarse y alcanzar niveles de dignidad y bienestar en la sociedad.

Una educación de calidad no es una receta mágica para, automáticamente, salir de la pobreza. Es sí un componente esencial del desarrollo que debe ir acompañado de medidas que saneen la justicia para que no haya impunidad; doten de mayores recursos a sectores clave como salud, vivienda y seguridad; proporcionen equidad tributaria; garanticen oportunidades; generen fuentes de trabajo y persigan la corrupción.

Muchos sectores se involucraron en estas últimas semanas en la discusión y toma de postura sobre lo que implicó un manejo desprolijo e irresponsable del acuerdo bilateral con el Brasil en relación a la energía producida por Itaipú.

Ojalá dentro de poco se note la misma efervescencia y preocupación por el tema de la reforma educativa. Sería una gran contribución al país y todos saldremos ganando.

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