Opinión

Una cierta sensación de fastidio

La clase política paraguaya sigue convencida de que la cultura prebendaria que supo pérfidamente construir seguirá protegiéndole.

Son incapaces de ver más allá de sus propios intereses coyunturales y tienen la sensibilidad social embotada por la corte de adulones que lograron construir a su alrededor con los excesivamente generosos recursos públicos.

Hasta el momento fueron salvados por el clientelismo político. Saben que comprando la conciencia de un determinado número de electores, pueden nuevamente asegurarse un lugar al cómodo cobijo del poder.

No ven lo evidente o se resisten a comprender por dónde pasa la expectativa del ciudadano común.

Hacen un uso grosero del poder que compraron por la mediocridad y la estulticia ajenas. O simplemente por el obtuso fanatismo a una enseña partidaria que hace rato fue vaciada de ideas, moral y racionalidad.

Es infame que un hato de politicastros de poca catadura usen y abusen de los recursos estatales. Los altísimos sueldos que tiene el funcionariado privilegiado por esta mediocridad institucionalizada son bochornosos e indignos para una República moderna.

Cualquier abrepuertas de los poderosos tiene la misma consideración salarial que un especialista en finanzas públicas. Cualquier descocada beldad de ocasión está muy por encima de una profesora con especialidades varias.

Existe en esta situación un denominador común: el recurso’i de los políticos. Como carecen de propuestas o motivaciones morales que despierten empatía, lo único que pueden ofrecer es plata oficial a cambio de los favores políticos y los de otra laya.

Asunto aparte es la Justicia. Ella está sometida en gran medida al poder político, aunque no escapa al espurio dominio del dinero y de la influencia de otros poderes fácticos.

La nuestra es una Justicia asfixiada, complaciente, corrupta, parcial, corporativista y poco funcional a los intereses ciudadanos.

La forma como se maneja el Jurado de Enjuiciamiento y los arreglos bajo la mesa en el Palacio de Astrea son claros testimonios de cuán peligroso es el estado de nuestra Justicia.

Actualmente se carece de propuestas serias para solucionar estos dos aspectos peligrosos de nuestra actualidad, los que poco a poco están agotando la paciencia de la población no partidaria, de los diversos organismos civiles no corrompidos y de los estamentos que nada deben ni temen del aparato estatal.

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