Opinión

Un tanquecito para Marito

Arnaldo Alegre

La pasión cuartelera del presidente ya empieza a generar cierto miedo o angustia preventivos, sobre todo si tomamos en cuenta la pasada idolatría familiar por las botas y las dictaduras militares.

No contento con la bochornosa alaraca de fin de año a favor del servicio militar obligatorio (SMO) y la presentación del hijo de 17 para su alistamiento en el Cimefor, se paseó en una tanqueta con ínfulas de tirano bananero. (Autocrítica: los medios replicaban el hecho de que un menor no podía ir al cuartel y ni bien tuvieron oportunidad le atosigaron al susodicho con preguntas que por la misma menoridad señalada no tenía por qué responder).

Como titular del Poder Ejecutivo, Marito ejerce la comandancia en jefe de las Fuerzas Armadas. Y en función de tal y por disposición de nuestro ordenamiento constitucional debe disponer de la operatibilidad de la institución armada y determinar la política de la defensa nacional.

Hacer de soldadito de plomo en un elemento de estricto uso militar es un agregado suyo o de algún trepador de poco vuelo y mucha ambición. Pero bajo ningún concepto semejante despropósito es compatible con su función institucional.

Algo de ello le habrán susurrado al oído sus asesores más cautos, por eso ahora se las da por recorrer hospitales, como lo hizo en el Hospital Central del IPS. Por cierto, este es en puridad el menos público de los hospitales.

Es de una mediocridad conceptual importante recudir la discusión del papel de las Fuerzas Armadas a los actuales problemas de reclutamiento o al reflotamiento del Cimefor. Y es de mayor pobreza intelectual ofrecer el cuartel como única respuesta a la violencia, desempleo y falencias educativas que amenazan a los jóvenes.

La eterna transición democrática solo se contentó con evitar que los militares hagan golpes de Estado por su misma iniciativa o por incitación de aspirantes a dictadores. No es poca cosa, pero a esta altura ya es insuficiente.

Los militares han perdido muchos privilegios en los últimos 30 años. Muchos de ellos de origen espurio; pero a la vez contemplaron callados cómo otros sectores comenzaron a gozar de la corrupción e impunidad que antes se les criticaba. En especial la clase política. Y eso es el caldo de cultivo para los discursos más retrógrados y las ambiciones golpistas más descabelladas.

Un verdadero comandante en jefe se dedica a diseñar una milicia moderna, democrática y eficiente, no a pasearse en tanquetas o jactarse de su pasado de cimeforista como si fuera la gran panacea.

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