Opinión

UN PARAGUAYO INDIGNADO

¿Dónde están los estudiantes? En octubre de 1931, estudiantes secundarios y universitarios casi echaron el gobierno; nueve de ellos murieron asaltando el Palacio de Gobierno.

A finales de 1940 y hasta mediados de 1960, la Federación Universitaria del Paraguay, los estudiantes paraguayos, enfrentó a las dictaduras, desde la de Morínigo hasta la de Stroessner, dignificando la historia paraguaya con su sangre y sus torturas.

Los estudiantes tomaron las banderas de la libertad, la democracia y los altos intereses de la patria, como fue el caso de Itaipú, cuando los dictadores y sus lacayos entregaban el Paraguay al Brasil y a cuanto sinvergüenza los sobornase.

A mediados de los sesenta, el movimiento estudiantil agotó sus últimas energías y casi no reaccionó más.

Los partidos políticos no podían actuar desde 1947, perseguidos con máxima crueldad. En febrero de 1989, nos llegó la libertad y empezamos a articular una contrahecha democracia, y los estudiantes siguieron ausentes, desorientados, como intoxicados.

Algo parecido les pasó a los partidos: habían aprendido a luchar desde el exilio y en la clandestinidad, pero cuando accedieron al Congreso y a la Administración Pública, olvidaron sus ideales deslumbrados por el oro del poder.

La corrupción moral se instaló en todo el país. El Paraguay es libre y la democracia funciona en parte.

Hasta logramos sacar pacíficamente al Partido Colorado del poder, que había explotado durante 60 años. Pero la nación sigue enferma, débil, ignorante y pobre. Y los estudiantes siguen ausentes.

No encuentran trabajo, les dan una educación casi nula, se los ilusiona para sacarles su voto, y ellos siguen alelados adornándose con aritos, peinados raros, tomando alcohol, muchos motorizados, enloquecidos en boliches, hipnotizados por los telefonitos celulares y las redes sociales, y llenándose de ridículos tatuajes.

Los estudiantes dan pena; no son la esperanza de la patria; son la desesperanza. No los mueve ningún valor digno, decente, respetable.

Ni el patriotismo; parecen no tener idea de patria. No llegan a ciudadanos del mundo; son hijos de la calle, de la música estridente, de la nadería.

Pero si seguimos creyendo en la suerte, debemos inspirarnos en los pocos jóvenes que van y construyen casas de madera para los más miserables; en los que salen con bulla infantil a recoger limosnas en alcancías o a recoger desechos para revenderlos en grandes ferias a beneficio de alguna causa altruista.

Otros van festivamente a plantar árboles. Parece perdurar en muchos jóvenes la generosidad y el idealismo. Falta que se encaminen hacia objetivos más altos y más serios. Como el patriotismo.

La Argentina ingrata siempre trató mal al Paraguay; excepcionalmente no se portó con nosotros como los hermanos que debíamos ser y nosotros lo merecíamos por cómo le fundamos ciudades con gente paraguaya, cómo les defendimos cuando los invadieron los ingleses, cómo paraguayos acompañaron al ejército de los Andes, cuánto produjeron los paraguayos exiliados desde Clorinda hasta la Patagonia.

Sin embargo, los gobiernos porteños no han corregido su desleal conducta con el Paraguay. No se contentó la Argentina con los despojos que nos hizo durante la cobarde Guerra del 70; siguen los porteños, tal vez no los provincianos, prepotentes, inmorales, traidores a América y amargados por las Malvinas.

Nos obstaculizan el tráfico fluvial; nos dificultan las operaciones en sus puertos marítimos vitales para nosotros; y ahora nos dificultan la línea eléctrica para vender energía al Uruguay.

Y el Paraguay, en manos de malos ciudadanos sobornados o más ocupados en consolidar sus posiciones políticas, no reacciona con la energía que dan nuestros derechos a una reparación por aquella guerra infame y a la libre circulación hacia el mar.

Este puede ser el motivo para que ahora los estudiantes paraguayos reanuden su movilización patriótica. En nombre de la juventud paraguaya deben los estudiantes reorientar sus Centros, refundar una Unión Nacional de Estudiantes y presionar al Gobierno para que opere la Cancillería con personas capaces, ilustradas y patriotas.

Ahora los estudiantes deben forzar al Gobierno a que actúe denunciando a la Argentina y protestando en todos los foros internacionales, y demandando al mal vecino en los tribunales correspondientes.

Carlos J. Ardissone

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