Opinión

Un país de mendigos

Por Gustavo A. Olmedo Bautista

Días pasados, el presidente Fernando Lugo manifestó con orgullo que el crecimiento económico alcanzado por Paraguay en el último año, que llegó al 14,5%, es mejor que el de los EEUU, China y otros "tigres asiáticos". A ello, el ministro Efraín Alegre acotó: "Estamos en la cima de todos los países".

Y desde un punto de vista es cierto. Hemos registrado un porcentaje sorprendente a nivel macroeconómico, y las inversiones en diversos sectores presentan buenos números.

Sin embargo, también es cierto que los ciudadanos comunes, los que no tenemos grandes empresas o cargos importantes en el Gobierno ni estamos ligados a la ganadería o al cultivo extensivo de la soja, entre otros, vivimos una realidad cotidiana que no condice con las expresiones triunfalistas del ex obispo de los pobres y sus colaboradores.

Lo que vemos a diario es un país colmado de niños y adolescentes que mendigan en las calles de Asunción y alrededores; situación que se replica en las principales ciudades de nuestro territorio. Un país en donde numerosas esquinas están copadas por "ejércitos" de chicos, jóvenes y adultos que, como limpiavidrios, cuidacoches o vendedores de todo tipo de productos, buscan el sustento diario, en condiciones hasta inhumanas. Este es el país que está "en la cima de todos...".

Tristemente, el Paraguay sigue siendo una nación "inundada" de mendigos, y lo que es más terrible, ya nos hemos acostumbrado a ellos.

El martes pasado, un niño indígena de cuatro años fue hallado en la Feria de Hortigranjeros de Ciudad del Este, con sus órganos digestivos saliendo del cuerpo, y en último estado de desnutrición.

Y para no ir más lejos, todos los días nos cruzamos con los nativos que ocupan la plaza Uruguaya, pero ya no decimos nada; son parte del paisaje urbano.

El Paraguay no necesita de autoridades que todo el tiempo hablen del "país de las maravillas" que muy pocos conocen y disfrutan. Nuestra nación requiere de hombres que sean autocríticos, que miren la realidad y la asuman.

Pueden haber equivocaciones, pero deben ser aceptadas para esperar un cambio de rumbo. Es bueno difundir los logros y aprovecharlos para mejorar la percepción pública; es parte del juego político. Pero si no hay una reacción urgente y seria en torno a los temas pendientes, solo podemos hablar de gente acomodada en el poder, que apela a las medias verdades o a la misma mentira.

Lugo y sus colaboradores deben asumir con firmeza que en el país falta trabajo, que la inseguridad pega cada vez más fuerte, que muchos indígenas y campesinos se hallan en extrema pobreza y que nuestro sistema educativo es uno de los más mediocres de la región.

Asumir los males del país no significa un fracaso ni es un error, como sí lo es negarlos y huir de ellos como estrategia pública y política.

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