Editorial

Un crecimiento económico que no beneficia a los más pobres

El Banco Mundial proyectó el crecimiento económico del Paraguay para el año 2019 en alrededor del 3,9%. Esta cifra se encuentra en el promedio de los últimos años, por lo cual no es una sorpresa, ya que no se avizoran cambios importantes a nivel nacional ni internacional que pudieran alterar sustancialmente los motores del crecimiento. Debería preocupar que con una tasa relativamente interesante de aumento del PIB, la situación económica en los hogares no muestre mejoras. Teniendo en cuenta que ya llevamos 5 años con este ritmo de crecimiento, las autoridades deben contar con propuestas para garantizar mejores efectos a nivel microeconómico.

El crecimiento esperado del producto interno bruto (PIB) para este año es uno de los más bajos de los últimos años; sin embargo, está por encima del crecimiento poblacional. Dado el escaso efecto derrame que tiene este modelo de crecimiento, aun a tasas superiores al 5%, el impacto en el ingreso y el empleo es mínimo.

El desempleo y la subocupación no presentan mejoras en los últimos años, lo cual significa que una amplia proporción de trabajadores mantienen su condición de precariedad. Esto significa empleos inestables, de bajos salarios y sin seguridad social.

Un mercado laboral con estas condiciones no garantiza bienestar ni permite a las familias tomar decisiones importantes y necesarias para un crecimiento a largo plazo, como ahorrar, pedir préstamos para invertir en viviendas o en un emprendimiento propio o sacrificar consumo presente por continuar estudiando, en el caso de los jóvenes en particular.

Estas decisiones constituyen los cimientos microeconómicos para aspirar a un crecimiento sostenido en el presente y futuro.

Sin buenos empleos para los adultos, la realidad paraguaya nos lleva a un vergonzoso número de niños y adolescentes que deben salir a trabajar para contribuir a la sobrevivencia familiar.

El trabajo temprano tiene efectos negativos en la permanencia en el sistema educativo y en la calidad del aprendizaje. Esta es otra forma de hipotecar el futuro no solo de la juventud, sino del país entero.

Obviamente, esto lleva directamente a la imposibilidad de reducir la pobreza y la desigualdad. Ambos indicadores se estancaron en los últimos años, con los riesgos que ello conlleva para la conflictividad social y económica. La evidencia empírica muestra claramente que estos problemas obstaculizan las mejoras del desempeño económico.

Otro indicador que debería preocupar a las autoridades es el reciente dato de las recaudaciones del IVA, como una señal de estancamiento del consumo.

Todas estas señales constituyen alertas acerca de la necesidad de implementar políticas públicas que aumenten la capacidad del crecimiento económico para ampliar las oportunidades de empleo e ingresos de la población paraguaya, con especial atención a la juventud teniendo en cuenta que estamos en plena etapa de bono demográfico.

Sin cambios estructurales en el modelo económico, aunque tengamos un crecimiento del 4% no avanzaremos hacia el desarrollo. Los indicadores del último quinquenio muestran tendencias claras al respecto.

Las autoridades deben tomar estos datos e implementar políticas públicas basadas en evidencia rigurosa que garanticen no solo un aumento del PIB, sino también su impacto en las familias y, sobre todo, un tránsito hacia el desarrollo del país.

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