Economía

Trípode virtuoso: Buen gobierno

Antonio Espinoza - Club de Ejecutivos del Paraguay.

Los malos gobiernos pueden verse desde el espacio. Tomemos el caso de dos países contiguos que tienen parecido tamaño, el mismo idioma, la misma gente, la misma cultura, los mismos recursos naturales. Hace 60 años estaban entre los países más pobres del mundo. La principal diferencia entre ellos han sido sus gobiernos. Uno tuvo desde entonces brutales gobiernos dictatoriales implementando pésimas políticas económicas, y hoy sigue estando entre los países pobres del mundo. El otro tuvo gobiernos que promovieron la educación y la inversión, y hoy es una potencia económica y tecnológica.

Hablamos, como ya se habrán imaginado, de las dos Coreas, y nada muestra más crudamente la diferencia entre ellos que una imagen satelital nocturna de la península coreana. Corea del Sur, vivamente iluminada en toda su extensión, y Corea del Norte, una vasta mancha negra, con unos pocos puntos tenuemente visibles, correspondiendo a sus principales ciudades.

En entregas anteriores hemos comentado cómo la ciencia y la investigación son las fuentes de las ideas e innovaciones que subyacen el progreso humano, y cómo la economía de mercado es la mejor herramienta para convertir esas innovaciones en productos y servicios con la mayor calidad, al menor precio. Pero ni la ciencia ni la economía de mercado garantizan que estos logros se conviertan en bienestar. La tercera pata del trípode virtuoso es el buen gobierno. El bienestar es producto de buen gobierno.

No existe consenso universal sobre lo que constituye buen gobierno, pero características básicas de los buenos gobiernos son que con democracia promueven el crecimiento económico y toman medidas para que los frutos de ese crecimiento alcancen a todos los sectores de la población.

Un caso emblemático es el de Singapur, un pequeño país que logró su independencia de Malasia en 1965. Sin recursos naturales y con reducido territorio, percibieron que el único capital del cual disponían para lograr crecimiento económico era su gente, e invirtieron fuertemente en educación, infraestructura y la promoción de la ciencia. Hoy Singapur tiene el segundo ingreso per cápita más alto del mundo, una economía de mercado floreciente, dos universidades entre las mejores quince del planeta y un sistema educativo que es ejemplo para el mundo.

La historia nos ha demostrado una y otra vez que la mejor garantía de sostenibilidad en el tiempo de los gobiernos es el sistema democrático que, en la expresión de Abraham Lincoln, es “del pueblo, por el pueblo, para el pueblo”. En nuestro país tenemos desde hace treinta años una democracia que, aunque imperfecta, se ha sostenido en el tiempo, ha garantizado las libertades personales, ha promovido una economía de mercado relativamente abierta y ha resguardado la gestión profesional de sus finanzas.

Sin embargo, sucesivas administraciones han priorizado el reparto sobre la inversión, descuidando la educación de calidad y la infraestructura, con el resultado que hoy estamos entre los países con peores índices en el nivel educativo de la región, una lamentable ubicación en los ránkings globales de competitividad, y un ingreso per cápita que ha crecido a valores constantes en menos de 1,6% anual promedio en los últimos 20 años. Apurarse para repartir sin antes crear la riqueza no es propio de un buen gobierno, sino un síntoma de populismo que solo puede repartir pobreza.

Debemos robustecer la tercera pata de nuestro trípode virtuoso, el buen gobierno, eligiendo autoridades competentes con visión desarrollista y exigiendo una profunda reforma presupuestaria que concentre los recursos disponibles en educación e infraestructura. Solo así podremos generar los fondos que solventen un futuro de creciente bienestar para todos.

NB: Imagen satelital nocturna de la península coreana en

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