23 may. 2026

Sobre el alma de los árboles

Por Sergio Cáceres Mercado – caceres.sergio@gmail.com

caceres, sergio

En el patio delantero de la casa donde pasé mi niñez existía un árbol, uno de los pocos que nunca pude trepar, excepto una vez. Era un ceibo gigante, espinoso y siempre floreciente, que crecía majestuoso en un rincón como un guardián silencioso.

Una mañana me despertó el ruido estridente de una especie de motor. Fui a averiguar y encontré a mi papá con una motosierra junto a un muñón que era lo único que quedaba de lo que hacía unos minutos era un gran ceibo. Consternado y con un nudo en la garganta pregunté a mi padre por qué había hecho eso, y simplemente me dijo que ya no le gustaba el árbol y había amanecido con ganas de hacer algún cambio en la casa. Con los años lo vería hacer lo mismo con un tarumá, algunos mangos y otros árboles más, víctimas propiciatorias de los gustos estéticos de mi padre, que desafortunadamente no conocía el Feng Shui o el bricolaje como pasatiempos domésticos.

La impotencia que sentí al ver los pedazos de lo que alguna vez era un majestuoso árbol me mostró algo de la naturaleza humana que nunca olvidé. El dolor que sentí me duró mucho tiempo y aún sigue en mí como una cicatriz. Cuando vuelvo al barrio de mi niñez, saludo a parientes y amigos, y, calladamente, visito a los viejos árboles que aún siguen en pie y que son como portales a la nostalgia; en un lugar donde todo ha cambiado ellos siguen impertérritos, acumulando recuerdos en forma de anillos.

No se me ocurre ningún tipo de vida conocida más pacífica, más transmisora de sabiduría y fortaleza, que la de un árbol. Siempre me han parecido inspiradores de paz interior; ejemplos de sabiduría, pues ante la vida que transcurre, se adecuan haciendo lo suyo con una aparente lentitud que solo es tal ante nuestra cada vez más acelerada (y desesperada) corrida humana hacia ninguna parte. Aristóteles les atribuía el tipo de alma más básica, la vegetativa, que compartían con los animales (que además tenían alma motriz); los humanos tenemos las dos almas y otra más que nos diferencia de ambos y nos hace superiores, el alma racional.

Ayer se celebró el Día del Árbol (escribo esto hoy, sábado 20 de junio) y leo las declaraciones de la organización Guyra Paraguay acerca de la alarmante deforestación que sufre nuestro territorio.

Creo que Aristóteles se equivocó o, en todo caso, hemos evolucionado hacia un alma irracional que nos llevará a desertificar nuestro verde planeta.