Opinión

Sinvergüenzas

Benjamín Fernández Bogado – www.benjaminfernandezbogado.wordpress.com

Benjamín Fernández Bogado Por Benjamín Fernández Bogado

Son muchos más de lo que creemos.

Se han reproducido a la velocidad de la cepa de Manaos y han venido devorando la cosa pública con un vigor, complacencia e incluso admiración de muchos. Los sinvergüenzas o los que han perdido la vergüenza han asaltado los más importantes cargos públicos y desde ahí dan cátedras acerca de cómo deben ser administradas las cosas en una república.

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Son los primeros en amenazar a quien ose ponerlos en evidencia. Tienen rentados a todos los jueces y fiscales que jamás admitirán ninguna querella contra ellos y, por supuesto: se pondrán de su lado cuando algún decente saque alguna evidencia de su sinvergüencería.

Han hecho del lawfare una fórmula para desacreditar, perseguir y encarcelar a quien se le ponga enfrente. Son tan sinvergüenzas que creen que tienen honra, reputación o fama que defender y en consecuencia quien osara ponerles en evidencia son sujetos de juicio de calumnia y difamación. Han perdido todo prurito de delicadeza e invertido los roles.

Ellos creen que son el modelo social que debe ser imitado o temido y no el repudiado ni perseguido.

Se saltan las filas de las vacunaciones pretextando dificultades de motricidad mientras viven de los escándalos en los que encuentran su reconocimiento social. Nada les alcanza ni les perturba. Viven la oración de Santa Teresa de Jesús al revés y algunas de sus hijas prominentes son capaces de mentir sin pudor ni rubor alguno.

Los y las sinvergüenzas saben que su vida escandalosa ha triunfado sobre la austeridad, la honestidad y el respeto al otro. Se reconocen victoriosos en una sociedad que es incapaz de entender su pobreza en este tipo de gente que ha degradado su educación, salud y honra.

Ahora son cómplices de las muertes por centenares de compatriotas todos los días. No les importa nada. Son capaces de violar la Constitución y luego ufanarse de que el pueblo los volvió a votar para ocupar un curul en el Congreso.

Pueden ordenar el asesinato de cualquiera sin que les alcance la investigación de ningún magistrado ni fiscal a quienes los tienen orgullosamente en su lista de pagos mensuales. Los legisladores sinvergüenzas son sus socios. El mensalao generosamente otorgado les alcanza para llevar una vida ostentosa llena de privilegios e injusticias. Ellos son el sistema.

Los sinvergüenzas son los sicarios del Covid. La manifestación más purulenta del deterioro social alcanzado por un país al que no le sobran más lágrimas para llorar a sus muertos. Venían robándole a un ritmo asumidamente rutinario hasta que estalló la pandemia. Ahí tontamente muchos de sus adherentes creyeron que la cercanía de la parca les cambiaría de proceder.

Se equivocaron, porque continuaron y continúan en el mismo andarivel. Roban vacunas de personas mayores que no pueden alcanzar los vacunatorios, desorganizan el proceso para facilitar el robo y no se contentan con el hurto cotidiano que cada día exploran nuevas minas de deshonestidad y latrocinio.

Los sinvergüenzas no solo que nos han igualado, sino hace bastante tiempo: superado.

Solo nos queda repudiarlos desarrollando, como las vacunas, los anticuerpos sociales que permitan aislarlos primero para acabar con ellos después. Ya sabemos su ADN y los costos como daños para todos. Tolerarlos es suicidarnos y no podemos permitirnos eso ante la danza de la muerte que han montado alrededor nuestro.

¡Basta de sinvergüenzas!

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