Editorial

Señales económicas desalentadoras exigen pacto político y económico

El crecimiento económico más lento después de muchos años de altas tasas promedio, junto con una fuerte caída de las expectativas con respecto a lo que se esperaba el año anterior hicieron que el primer semestre de 2019 tuviera un cierre desalentador. Algunos indicadores que muestran condiciones relevantes para las condiciones de vida de las familias paraguayas dieron señales negativas. Las autoridades económicas deben tomar medidas que reduzcan al máximo las fluctuaciones de corto plazo, pero no deben dejar de lado medidas que enfrenten los factores estructurales que impiden un crecimiento sostenible en el largo plazo.

Las estimaciones indican que en el segundo semestre del año mejorará el desempeño económico ya que a la par de señales negativas, hay algunas positivas como el leve repunte de las importaciones. Sin embargo, el contexto internacional no parece mejorar y la crisis política por la que está pasando el país no ayuda a generar expectativas positivas.

La caída del empleo y de los ingresos comparando con el año 2018 y la leve deflación durante el último mes muestran los efectos de la desaceleración que esperemos sea momentánea, porque de continuar desmejorando los indicadores de empleo correrán riesgo los avances logrados durante el periodo de alto crecimiento económico. La crisis política por la que se encuentra atravesando el país podría tender a empeorar la situación dejada por un contexto externo que perdió dinamismo y que era el sustento del aumento del PIB.

Paraguay, en lugar de iniciar una reforma que adaptara el modelo al nuevo escenario económico mundial, impulsó políticas para mantener dicho modelo en lugar de intentar agregar valor y diversificar la producción y las exportaciones.

Las consecuencias están a la vista. Brasil y Argentina no restablecen su equilibrio y afectan el desempeño del sector terciario y la soja y la producción de energía están siendo impactadas por el clima. El conflicto entre EEUU y China también determina, aunque indirectamente, las condiciones económicas locales. Así como están las cosas, nuestra economía depende más de fuerzas externas que internas, lo que pone al país en una situación de alta vulnerabilidad y paralelamente de incapacidad de implementar políticas efectivas, ya que los principales determinantes están fuera del alcance de las políticas internas.

Las intervenciones planteadas semanas atrás por las autoridades son soluciones parciales que lograrán “suavizar” el ciclo y, si las obras de infraestructura son pertinentes y debidamente realizadas, podrían sentar las bases para el cambio que requiere el país. La contrapartida son los altos costos del endeudamiento, problema no menor si consideramos la baja capacidad recaudatoria del Estado, más aún en un contexto de bajo crecimiento.

A los riesgos exógenos a los que está sometida la economía paraguaya, en las últimas semanas se agrega la inestabilidad política, que dado el origen del problema, se hace difícil un pacto por la gobernabilidad. La posibilidad de construir confianza y lograr acuerdos bajo acusaciones de “traición a la patria” es sumamente difícil.

Ojalá que las autoridades sean capaces de enfrentar el reciente conflicto político–jurídico apegados a las normas y a la ética, de manera a crear un ambiente adecuado para la implementación de políticas económicas que permitan superar estos meses de bajo crecimiento y sentar las bases para la sostenibilidad a largo plazo. La desaceleración económica, muy influenciada por un clima externo adverso, requiere políticas de corto y largo plazo. La efectividad de estas políticas necesita estabilidad política y la vigencia de un Estado de Derecho.

Sin esta conjunción de factores podría haber alguna posibilidad de dinamismo económico, pero probablemente efímero y sin efectos multiplicadores en el empleo y los ingresos familiares.

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