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Se requieren transparencia y estrategia para revisar Anexo C

La revisión del Anexo C del Tratado de Itaipú ha perdido relevancia en las últimas semanas debido a la pandemia del Covid-19, que invadió los hogares con angustia y dolor. En este contexto, la futura negociación no solo tiene un carácter estratégico por el rol de la energía eléctrica para el desarrollo del país y el bienestar de la población, sino también porque puede proporcionar vientos de optimismo ante el negro panorama que sufre el país por la enfermedad. En ese caso, el Gobierno tiene la oportunidad de hacer las cosas bien y tratar de cerrar su gestión con un desempeño exitoso a partir de una estrategia centrada en los intereses nacionales, de un equipo negociador profesional y éticamente incuestionable y de una total transparencia en el proceso.

El Gobierno tiene la gran oportunidad de convertir la revisión del Anexo C del Tratado de Itaipú en una causa nacional, cuyo éxito puede darle a la ciudadanía un poco de alegría en medio de la catástrofe nacional que está ocurriendo con la pandemia del Covid-19.

Si bien el primer gran escándalo de este Gobierno estuvo precisamente relacionado con la compra de la energía de Itaipú, con una situación que favorecía mucho más al Brasil, en un acuerdo secreto que en su momento fue considerado como “antipatriota”, justamente hoy debería aprovechar la negociación para mostrar su interés en la ciudadanía, construyendo una estrategia que ponga al país en primer lugar y conformando un equipo de trabajo con personas que conozcan bien el tema, independientemente de su adscripción social o partidaria, y con un plan de comunicación que garantice transparencia y auditoría social.

La energía es un factor fundamental para el desarrollo. Paraguay necesita cambiar su modelo de crecimiento, porque el actual está agotado, tal como ya se venía observando desde años atrás y que la pandemia expuso con espectacular crueldad.

Después de años de crecimiento, la mayor parte de los trabajadores tienen ingresos bajos y volátiles y no cuentan con ningún tipo de protección frente al desempleo o a un problema de salud. Las pequeñas y medianas empresas no cuentan con apoyo y la agricultura familiar se debate entre la vida y la muerte.

La estrategia de negociación tiene que tener como primer objetivo garantizar la energía que permita transformar el patrón de crecimiento hacia uno que genere empleos de calidad y que nos inserte globalmente con exportaciones de alto valor agregado.

El equipo negociador debe estar integrado por personas que, además de su capacidad técnica, tengan una ética y un compromiso con el país incuestionables.

La sociedad paraguaya está cansada de funcionarios que llevan años en la función pública sin marcar ningún cambio, o, lo que es peor, siendo parte de hechos de corrupción.

El país cuenta con personas que cumplen con el perfil necesario. Es hora de llamarles y ofrecerles un marco de trabajo honesto y profesional.

En la medida en que se les garantice la construcción de un plan negociador con una estrategia que ponga en primer lugar al país, la confianza en el proceso hará que profesionales íntegros se animen a ser parte del desafío.

Paralelamente, deben garantizarse transparencia y cercanía a la población, de manera que la auditoría ciudadana del proceso promueva la fuerza y legitimidad que el equipo negociador requerirá para enfrentarse al Brasil.

En este contexto de debilidad gubernamental, sin el apoyo ciudadano cualquier proceso de negociación tenderá al fracaso. Es el momento de unir a todos los paraguayos en pos de un objetivo común de manera a crear un ambiente de mayor esperanza para el futuro.

De otra manera, este Gobierno no solo acabará como uno de los peores de la historia reciente, sino que además será recordado por los próximos 30 años por su fracaso en esta negociación.

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