Opinión

Se fue al carajo

No voté a Marito y tampoco habría votado a Santi Peña, así como no voté a Cartes y desde hace años no voto a liberales. No es una cuestión personal con ellos (algunos –pocos– incluso me parecen buena gente); sencillamente, desde hace años uso mi derecho al sufragio para apuntalar a partidos nuevos. Lo hago porque creo que los viejos dejaron de ser una herramienta válida para construir democracia.

Es una cuestión de lógica. Así como es absurdo suponer que haciendo las mismas cosas de la misma manera tendremos resultados diferentes, resulta ingenuo estimar que votando a los mismos partidos cuyas prácticas prebendarias son las de siempre, tendremos gobiernos que arrojen resultados distintos.

Por supuesto, no existe garantía alguna de que las organizaciones políticas nuevas vayan a ser divergentes; pero, cuanto menos, es una posibilidad.

Dicho esto, debo reconocer que una vez realizada la elección y conocido el resultado, siempre he deseado fervientemente que al presidente de turno le fuera bien. Conservar algún margen de esperanza, aunque no existan argumentos razonables para hacerlo, es casi una cuestión de salud mental. Después de todo, se trata del piloto del barco. Nuestra suerte estará atada a la suya, aunque si de nosotros dependiera, jamás se habrían acercado al timón.

Por esta misma razón, los primeros años suelen ser para mí –y supongo que para muchos de ustedes– los más complicados y decepcionantes. Hacia la mitad del mandato, por lo general, ya he perdido toda esperanza en la nueva tripulación; y en los últimos años, termino combatiendo la intención malsana de su capitán de perpetuarse en el poder. Es absurdamente cíclico y agotador.

La primera parte es casi siempre la misma. Se trata de un barco frágil y con demasiadas necesidades postergadas para la gran mayoría de los pasajeros, un escenario propicio para motines, donde cualquier error puede ser fatal en términos políticos, y donde nunca faltan los partidarios del piloto anterior y de los aspirantes derrotados que maximicen cualquier equivocación buscando encender la chispa de la rebeldía, así el barco se vaya a pique con todos a bordo.

Este es exactamente el escenario que tenemos ahora. Los aduladores del antecesor están felices con el desmadre porque creen que ello justifica su obsecuencia pasada. Suponen que la crítica despiadada de hoy, borra la vergüenza del silencio reciente.

Los beneficiarios del nuevo Gobierno, por su parte, pretenden minimizar las barrabasadas oficiales atribuyendo todos los males a la tempestad económica que azota las aguas, y a los desaciertos de los capitanes anteriores.

Ciertamente, estamos ante un mar singularmente bravío y en una embarcación por demás endeble, pero es un hecho que el timonel no da muestras de saber leer la brújula, ni siquiera de tener definido un norte.

Marito sigue más preocupado por comprar lealtades en su partido que por corregir rumbos. La última muestra de este despiste suicida fue la destitución del ministro de Agricultura y el nombramiento del senador Rodolfo Friedmann en su reemplazo, en medio de la peor crisis del sector agropecuario del último lustro, y al solo efecto de morigerar pasiones en la interna republicana.

Para peor, perpetró el cambio a las pocas horas del asesinato de un comisario y la fuga de un narco, producto de una serie de negligencias criminales que solo se explican mediante el soborno y la complicidad. La lectura que dejó el episodio es que si se desata una epidemia de cólera destituirá a la ministra de Deportes, y solo si nos eliminamos del próximo Mundial ofrecerá la cabeza del ministro del Interior.

No hay nada peor en medio de un temporal como este que la creciente sensación de que el capitán perdió el rumbo, que sustituye tripulación con pericia marinera por bucaneros afines y que cualquiera puede terminar caminando sobre el tablón solo porque hay que reubicar a los amigos. El capitán parece no darse cuenta de que está jugando en tiempo adicional, y que en cualquier momento terminará alimentando tiburones.

El fin de semana estuvo en una ceremonia en la Marina inaugurando una embarcación. Esperemos que la foto que acompañó la crónica oficial no sea premonitoria. Se fue al carajo.

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