Editorial

Salvar a la educación de una muy mala gestión ministerial

Cuesta entender la terquedad del Gobierno en sostener la gestión de un ministro de Educación que es cuestionada y rechazada por numerosos sectores de la comunidad educativa y de la misma sociedad. En un momento en que la continuidad del año lectivo es aún incierta ante la emergencia por la pandemia del Covid-19, urge superar los conflictos e instalar una mesa de diálogo que permita trabajar juntos por solucionar los problemas. Para ello hace falta corregir los desatinos del actual ministro Eduardo Petta y salvar al sistema educativo de una muy mala gestión ministerial, para no perder más de todo lo que ya se ha perdido.

A más de dos meses del inicio de la cuarentena y de la suspensión de las clases presenciales en todos los establecimientos educativos del país, la continuidad o la posible pérdida del resto del año lectivo sigue pendiente de que se puedan resolver varios conflictos, entre ellos las dificultades de aplicar el sistema de clases virtuales, a través de herramientas digitales o medios de comunicación a distancia.

Con muchos cuestionamientos y rechazos por parte de los miembros de la comunidad educativa y de varios sectores de la sociedad, el ministro de Educación y Ciencias, Eduardo Petta, se ha sometido sin ninguna autocrítica a una interpelación en la Cámara de Senadores y se expone a ser pasible de un voto de censura, aunque si ello no llega a ocurrir será más por el resultado de componendas políticas, antes que por una evaluación objetiva de los legisladores de su hasta ahora desastrosa gestión.

Cuesta entender la terquedad del Gobierno del presidente Mario Abdo Benítez en sostener a una administración ministerial que hace agua por todas partes, debido a la poca preparación pedagógica y técnica del político metido a ministro de Educación.

El sistema educativo paraguayo ya arrastraba una larga crisis que solo se agudizaron mucho más con los efectos de la pandemia. A las graves falencias de infraestructura edilicia, con techos de escuelas y colegios que se desplomaban literalmente sobre las cabezas de los alumnos y docentes, además de una muy mala calidad educativa y de una muy baja inversión presupuestaria en el sector –en comparación con los estándares internacionales–, se ha sumado la imposibilidad de seguir dando clases en las aulas, por tanto hubo que improvisar clases virtuales dentro de un esquema de muy poca preparación en amplias zonas rurales con mucha pobreza y precariedad, sin buena cobertura digital.

La crisis planteada por la emergencia del coronavirus ha provocado negativos efectos, como la interrupción en el aprendizaje presencial, los pedidos de descuentos hasta del 50% de las cuotas en colegios privados por parte de los padres de familia y una creciente movilización de protestas por parte de alumnos, de padres y de maestros, a los cuales se ha empezado a sumar el cierre de algunas instituciones educativas, incapaces de seguir afrontando los costos de funcionamiento con sensible disminución de sus ingresos.

Una de las tajantes repuestas del Ministerio de Educación y Ciencias había sido suspender las clases presenciales por todo el resto del año, sin abrir la posibilidad de pensar en formas creativas de que algunas instituciones educativas puedan volver a funcionar con medidas inteligentes de protección sanitaria, como sucede en otros países, entre ellos el Uruguay.

La incapacidad del ministro Petta de abrirse a dialogar con los sectores críticos es otro de los puntos más cuestionados.

Urge superar los conflictos e instalar una mesa que permita trabajar juntos por solucionar los problemas. Para ello hace falta corregir los desatinos del actual ministro Eduardo Petta y salvar al sistema educativo de una muy mala gestión ministerial, para no perder más de todo lo que ya se ha perdido.

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